domingo, 31 de octubre de 2021

El fondo de las calles

Los he mirado largamente.

Los he visto irse.

El lugar donde oscurece

ahora está en mí mismo.

Pisamos juntos

las veredas y las calles.

Quedaron abrazos y alegrías,

algunos gestos y palabras,

y papeles

y unas explicaciones

que ya nunca quisimos escuchar.

 

Y no volvimos a tener noticias

porque no llegan noticias

desde el fondo de las calles.

 

**

 

Había una galería

donde alguien hablaba conmigo.

Aquellas tardes el pasto crecía

y los árboles se llenaban de hojas.

Una galería y alguien

que hablaba conmigo

cuando la tarde

duraba demasiado.

 

Al irse no se llevó nada.

Se fue indefenso.

Después vino el silencio.

 

Lo que digo es que hay cosas

que se pierden: una tarde,

muchas tardes, una galería.

Y otras cosas que

en cambio nunca terminan.

 

**

 

Escucho aquí

trinos en los árboles.

Una ventana a las montañas

ahora que va deteniéndose la primavera

y los atardeceres son muy largos.

Todo persiste

en contra del silencio

y el tiempo es alegría

y la muerte no existe.

Pero lo verdadero es lejano.

Este atardecer es verdadero

pero también otros

que han pasado y que no cesan.

 

Lo que digo

es que el tiempo construye.

No pasa, crece.

Lo sucedido

sigue construyéndose

en silencio y entre sombras.

 

**

 

Yo insistía.

Yo quería escucharla.

Y ya después fue demasiado tarde.

Otras usaban perfumes,

ella no:

ella usaba olores naturales:

su saliva suave

y el ácido

de su piel.

Recuerdo después

su cuerpo erguido

y sus pasos inseguros.

Me había dejado distraer

por la ternura

hasta todo era imposible.

He querido pensar

que cuando nos tratamos con amor

quedamos en paz.

Pero no hubo amor. Ni paz.

Una lluvia solamente

que mojaba los huesos.

 

El tiempo crece.

Y cada cosa

después oprime más y más.

Después duele el corazón.

Se puede

seguir hablando,

suplicar,

decir sus nombres,  

pero ya nadie responde

desde el fondo de las calles.

 

**

 

La casa y el jardín

ahora se llenan de sombras.

Me abrigo

para acostarme en un sillón

porque las noches duran demasiado.

Creo que hubiera podido

hacer por ellos algo verdadero.

Para que no siguieran solos.

Para que no tocaran solamente el dolor.

 

**

 

Yo iba y volvía cada día

por un puente sobre el río

y siempre escuchaba

el murmullo del agua,

a veces suave

cuando el río era profundo y lejano

en los inviernos,

y otras veces un rugido

con las crecidas del verano.

Mucho después alguien

caminó a mi lado

y señaló hacia el agua

y dijo que él mismo estuvo ahí

cuando le dijeron que

había muerto su padre.  

 

Ahora el pasto crece

y escucho ladridos

y los últimos trinos

porque la luz se agota.

Acaso había algo verdadero.

Podría haberme aferrado a ellos.

Pero nadie

sostiene a nadie

al borde del llanto

o con los dientes apretados.

 

**

 

Silencio, en el silencio

de las calles.

Ya no llegaron noticias.

Una hora

sobre las criaturas.

La respiración

de la vida

y el murmullo del río

y una bandada

por el cielo oscuro.

 

 

lunes, 24 de mayo de 2021

sábado, 2 de agosto de 2014

El milagro de la mujer que no sabía si era hermosa o si tenía pinta de puta

No hacen falta detalles sobre ciertas cosas. O sí, pero voy a omitirlos. Me refiero a que me había metido en problemas. Pero no voy a profundizar en eso. Lo que quiero es contar de mi conversión, para decirlo de algún modo. Y de eso voy a hablar. Porque me hice de una fe. Una fe sencilla, diferente –hay que reconocer- a la religión que predico. Porque predico. Quiero contar, en verdad, de dos milagros. (Usando la palabra milagro, primero, porque no encuentro otra para designar la extrema buena fortuna; y también porque vivo en una ciudad donde lo único que hay es una virgen que hace milagros). Bueno, ya dije, problemas. Había lugares por los que no podía pasar y gente que no tenía que verme. Nada demasiado grave. Pero era necesario ganar tiempo. Esperar que algunas cosas fueran olvidadas. Anduve caminando. Al principio sin rumbo. Era de noche. Después ya en línea recta, con un destino: me alejaba del lugar adonde hubiera tenido que volver. No me sentía amenazado. Al contrario, iba con una especie de paz de saber que me alejaba. Y seguía por calles donde ya nadie podría reconocerme. Pasé con toda naturalidad por delante de otros dos policías en una esquina. Tenía que encontrar la forma de desaparecer unos días. Pasar la noche, en primer lugar. Era una noche tibia, por suerte, de las primeras del verano. Recordé, ni sé cómo, que en el barrio de mi infancia había un local donde trabajaba una costurera, al que yo solía entrar por una ventana en el fondo. Entraba y me escondía por un rato. Una pequeña travesura. Solamente para estar solo. Por eso lo habré recordado. Pero podía ya no haber nada en ese lugar. O haber cualquier otra cosa. La costurera, que era una mujer cuando yo era un chico, ya tenía que ser una anciana. ¡Tantas cosas podían haber pasado...! Lo mismo pensé que ahí podía esconderme. Era un fin de semana largo. Mientras tanto ya pensaría en otra cosa. Cuando uno anda tratando de escapar, unas horas es todo lo que interesa. Ahora veo que ya en esa hora me había convertido a otro credo, aunque todavía no lo hubiera sabido. Me sentía libre para seguir por las calles, para no volver. De un modo inexplicable. Ésa era la libertad, toda la libertad a la que podía aspirar, y ya la tenía. Pero no era todavía un conocimiento. Era apenas una tranquilidad, como ya dije, y también una energía ciega y oscura, que solamente me empujaba. Muy tarde llegué. Apenas antes de la madrugada. En el barrio todo había cambiado. Muchos edificios nuevos. Pero no tenía tiempo ni ganas para la nostalgia. Igual, encontré el local de la costurera. Seguía ahí, como hacía mil años. Fue el primer milagro. Hasta tenía el mismo cartelito. Y –lo que ya parecía demasiado- la ventana de atrás se abría como cuando yo era un chico. Metí la mano por debajo de la persiana y la levanté un poquito. Se abrió. Entré. El lugar era el mismo. Me dio la impresión, claro, de que era más pequeño. Yo había crecido, nada más. Pero no habían cambiado ni un mueble. Sólo que ahora todo un poco más viejo y más sucio. La ropa se había amontonando y había trapos que no tenían ningún sentido. Me acomodé bien. Me sentía rendido de sueño y ahí había trapos de sobra para acomodarme y dormir. Y así fue. Dormí casi todo el día. Me desperté cuando comenzaba a oscurecer. Estaba lejos de todo lo que solía frecuentar, de modo que nadie me reconocería. Podía caminar sin ningún miedo. Estuve, lo mismo, metido en ese cuartito hasta que se hizo muy tarde. Al final salí muerto de hambre. Y encontré un kiosquito que no existía en mi memoria. Me atendieron dos chiquitas que escuchaban en una radio programas evangelistas o algo así. Mucho de Dios y de las cosas que había que hacer. Como si para entonces ya me estuviera rodeando la idea de lo milagroso. Y después, en efecto, sucedió un milagro. Me crucé con una mujer que no veía desde la infancia. Doris. Y eso no era todo. Tampoco ella vivía en el barrio. Andaba como yo, perdida. De regreso al cabo de mil años. Fue mágico. Mejor dicho: milagroso. Sucedía lo que no sucede nunca. Porque nunca el que vuelve encuentra lo que creyó haber dejado. Esta vez sí. Ésa es la esencia misma de lo milagroso. Y permanecimos juntos en el local de la costurera todo lo que quedaba de la noche y todo el día siguiente. Me sentía extraño y dichoso, con esa chiquita un poco extraña que había vivido unas calles más allá de mi casa. Alguna vez en un carnaval nos mojamos. También alguna vez, cuando ya faltaba poco para que nunca más volviéramos a vernos, quedamos solos en un cuartito apartado cuando en otro lugar sucedía una fiesta, y tuvimos ese sexo lleno de incertidumbre y fracaso de la adolescencia. Esa noche la chiquita era una mujer y todo ocurría con naturalidad, como si no hubiera pasado más que un día. Casi sin habernos dicho nada, me hizo una confesión luminosa. Me dijo que debía ser muy linda o que debía tener mucha cara de puta porque los hombres la acosaban. Yo le dije que no parecía puta. “Ahora no –aclaró- porque estoy de sport. Tengo dos looks solamente: sport o puta”. Yo estaba solo y me había caído del cielo. Quise entusiasmarla diciéndole que era muy linda. “No –contestó-, tengo pinta de puta”. “Ahora no –dije aprovechando sus palabras- porque estás de sport”. Y nos reímos. Ese ha sido el milagro. Es decir, un regalo. Un regalo imposible, del universo. Un instante, en aquella fuga, en el que estuve a salvo. Nos divertimos porque ella era chistosa y además le causaba gracia una forma estúpida que tengo de buscar causar gracia. Que a las personas normales no les hace ninguna gracia. En un local lleno de trapos y una ventana a la calle por la que entraba la luz de los carteles que se prendían y apagaban en mi viejo barrio, ahora transformado. Todavía hoy recuerdo sus labios y una nariz parada y la carne de sus glúteos. La mujer se fue al atardecer del domingo. Y yo me quedé dormido y recién al otro día, al amanecer del lunes, desperté. Pero no me fui. La costurera podía volver en cualquier momento. Quedarme era meterme en más problemas, era obvio. Pero no me iba. Me quedé hasta que llegó la mujer. No sé por qué. En una inercia de la que no podía despegarme. Tal vez ya entonces convirtiéndome a una fe ciega en la generosidad de lo que sucede. La anciana llegó y me reconoció sin miedo ni sorpresa. Me llamó por mi nombre. Le agradecí conmovido y le dije que enseguida me iría. Yo había tratado de acomodar todo tal como lo había encontrado. La mujer, sin embargo, estuvo moviendo cosas. Después se sentó a trabajar. Cuando estaba por irme, me miró medio enojada y me reclamó la ausencia de un diario que ella tenía ahí. Yo no tenía idea. Acaso se lo habría llevado la mujer. Pero no. Era imposible. ¿Para qué alguien se llevaría un diario viejo? Le pregunté de qué diario se trataba. Podría conseguirlo, devolvérselo. “No”, me contestó. Como si ya no le importara. Fueron solamente unos días que anduve prófugo. Después me fui muy lejos. Perdí todo. Perdí a la mujer que amaba. Pero todo lo dejé sin titubear. Sin volver por un instante la vista atrás. Sin haber deseado siquiera que las cosas hubieran podido ser de otro modo. Es más, de alguna manera, impresionado por la repentina libertad que permitía que sucediera todo eso. Igual, algún tiempo después tuve un sueño y acaso sufrí en ese sueño lo que no pude sufrir en la realidad. Era una imagen muy simple. Yo estaba entre dos paredes. En un lugar oscuro. Y no sabía qué había del otro lado de una de ellas. Pero sí que detrás de la otra comenzaba el mundo. Y que por ahí andaba la mujer que amaba. Detrás de esa pared que en el sueño representaba todo lo que en la realidad se había levantado en mi contra. Pero no importa si el sueño fue para eso o no. Lo que había aprendido -y esto es lo único que quiero decir- era a querer solamente eso que se presenta cada día. No sólo aceptarlo. Plegarme a la fuerza de lo que se presenta. A la generosidad y a la fuerza ciega y brutal de lo que sucede. Sé que habrá unos cuántos dispuestos a cuestionar esta idea. Que podrían indicarme de otras vidas que hubieran sido posibles o de posibilidades que todavía hoy mismo estarían abiertas. No me interesa. Esta es la historia de mi conversión. Dije que fueron dos los milagros pero en verdad hubo uno solo: la niña de ese barrio que -Dios o el universo, no importa- decidieron devolverme hecha una mujer, para que tuviera con quién pasar la noche de mi fuga. Y el mismo rincón donde estuvimos juntos, la costurería, salvado también, así, intacto, para refugio. Escuché muchas cosas cuando intenté explicar esto en lo que había llegado a creer. Algunos me dijeron directamente que se trataba de filosofía barata. Puede ser. Otros, que era una versión estúpida de la autoayuda. Pero esto no. Nunca dije que uno debería ser feliz con lo que tiene ni nada por el estilo. Ni pretendí que lo mejor fuera vivir sin esperar nada, de modo de evitar la decepción o el fracaso. Nada de eso. Hubo una mujer que me escuchó, Gladis. Después de haber conversado mucho con ella, lo que tengo para aclarar es que no tiene nada que ver con la llamada “ley de la atracción”. Gladis hablaba de esa ley a la que calificaba como “el principio de la vida espiritual”. Fue la única persona a la que intenté explicarle eso que pensaba. Le dije todo lo que sabía sobre mi nueva fe. Que no era demasiado. Le dije que no bastaba con elegir una parte. Había que elegir todo lo que sucedía. Eso le dije. Me escuchó pero no la impresioné en absoluto. Al contrario. Ella quiso convencerme, con bastante insistencia, de la famosa ley de la atracción. Era comprensible, supongo. Se había separado hacía poco y estaba mal porque tenía un hijito y el ex marido la molestaba y se sentía sola y todo lo demás. Creía que esta ley de la atracción la iba a sacar de todos esos problemas. Y lo decía. Decía, por ejemplo, que el bien atrae al bien. Que si uno hace cosas buenas, recibe cosas buenas. Lo decía de muchas maneras: que la energía positiva atrae justo lo que uno necesita. Cosas así. O que si uno desea algo, si lo desea con todas las fuerzas, el universo conspira para que uno lo obtenga. A mí me parecía tan improbable como los milagros que hacía la virgen. O más improbable. No sé. Era una buena chica. Y debía suponer que, poniendo todo esto en práctica, mejoraría. Porque le hacía falta mejorar. Llevaba tres años mal. Eso decía. La relación no duró. No debe haber sido suficiente lo que nos hemos deseado y entonces el universo no pudo conspirar ni hacer nada por nosotros. En fin. Me fui lejos. A una ciudad antigua, pequeña, de alguna manera secreta, al final de una planicie sobre las primeras faldas de la cordillera. Lo único que había era una gruta donde encontraron una virgen. Rodeada de mensajes que fueron dejando aquellos que recibieron sus milagros. Placas de metal o plástico, en los que se pedía o se agradecía milagros. Y ahí encontré algo para hacer con mi pequeña religión. Cuando llega un grupo de peregrinos o turistas, por unos pesos, me encargo de contar la historia de la virgen y también que estuve veinte días en coma y que, por un milagro, logré recuperarme. Lo que de alguna manera es cierto. Lo digo, por lo menos, con convicción. Es mi fe, supongo, lo que me da la certeza necesaria para interesar a los turistas. Aunque no hubiera sido un estado de coma sino una mujer. Y sé que lo hago muy bien porque hay contingentes de peregrinos que vienen a buscarme recomendados por la dirección de turismo de la municipalidad o por agencias de viaje. Para llegar aquí, tuve que subir y bajar una larga cadena de montañas. Subí dormido, de modo que no vi la cuesta. Recién cuando bajaba del otro lado, casi al final, me desperté. Y vi el campo alrededor. Una planicie de cactus y árboles secos. Y me sentí a salvo. El mundo de los hombres podía tener los mismos límites que el de los animales. Salía de unas selvas húmedas y llegaba a una meseta árida y entonces estaba a salvo, como si ya ninguna especie del mundo de las selvas hubiera podido llegar hasta este altiplano. Haber creído que sucedía era lo mejor, resultó ser lo mejor. A los días hice llegar a mi madre y a mi mujer un mensaje en el que les decía que estaba bien, que no se preocuparan. Sin decirles si me volverían a ver. Y sin culpas o nostalgia. Porque eso es lo mejor que tiene la creencia en aquello que sucede: suprime pensamientos que confunden la vida. Y -desde ya- no hace falta aclarar que no pretendo convencer a nadie.

sábado, 11 de febrero de 2012

Cuentos de la mujer y el solitario

Un libro que publiqué hace muchos años. Como ha pasado demasiado tiempo, el mundo en que fue escrito y quien lo escribió –yo mismo- desaparecieron, desaparecimos, están perdidos, no existen más. Lo que puedo decir es que les ha gustado, a algunos más y, seguro, a otros menos. Pero todavía hay gente que me recuerda alguna frase. Eso justifica, supongo, que lo haya escaneado y que ahora lo ofrezca en formato PDF y en un servidor gratuito, para los que tengan la paciencia de correr las páginas hacia abajo y pasar por alto las transparencias que dejan ver, como a fantasmas, los poemas del otro lado. Hay que entrar y hacer click en download. Espero les guste.
http://www.mediafire.com/?gd25vzyr5jz128n

sábado, 13 de agosto de 2011

Entre las ratas


Hay un chico del otro lado de la mesa mientras oscurece. Yo lo miro en el silencio sin final de un día de invierno. No es su rostro, ni su ropa o su actitud. Es su piel, el blanco de su piel; un blanco extremo, casi transparente. No cualquier blanco; no el blanco de algunas flores o de las nubes. Es blanco de frío. Tal vez la palabra sea lívido. Una piel helada y transparente. Es una de esas instituciones para niños que, por algún motivo, tienen que permanecer encerrados, que aquí se llaman “hogares”. Niños abandonados, por sus madres y padres, o cuyos padres se han muerto o se demostraron ineptos o los pusieron en riesgo. O niños “en conflicto con la ley”. Es decir, hogares que no tienen nada que ver con todo lo que resuena en la palabra hogar.

El hogar quedaba en Santa Rita, un pueblito en las montañas verdes que rodeaban un valle. Estaban haciendo reparaciones en el edificio y había que ir a ver las obras. Yo trabajaba en Tesorería, tenía la administración de fondos para reparaciones; y había otros dos, ambos ingenieros, que iban a controlar la obra.

Llegamos a la siesta. Un lugar apacible. Yo había estado algunas veces, pero nunca había visitado el hogar. En el silencio de las puertas cerradas se escuchaba una acequia por la plaza. Por lo que yo sabía, el hogar no funcionaba ya por años. El edificio había sido una mansión, pero con los años y la falta de mantenimiento, las paredes se habían llenado de humedad y los techos comenzaron a caerse. Después siguieron pasando los años hasta que un día aparecieron fondos para la reparación. Yo no sabía por qué -si alguien habría hecho una gestión o si por casualidad una nota perdida habría llegado a destino-, pero en lo que a mí respectaba, un día hubo fondos y ahora se estaba haciendo la obra.

Nos detuvimos frente al hogar. Un edificio imponente, de más de media cuadra de largo; pero el frente había perdido definitivamente la pintura y había, además, pedazos enormes de revoque caído. Enseguida nos recibió una mujer, la encargada. Me extrañó que vistiera delantal. ¿Para qué si el hogar llevaba años sin funcionar? Atravesamos el portón y entramos a un patio lleno de escombros. La mujer nos hizo seguir hasta una oficina que funcionaba en una vieja cocina comedor. Sentí un olor dulce y desagradable, pero no muy intenso. Carne vieja, pensé, un olor que se había ido convirtiendo en polvo.

-Es olor de las ratas muertas -explicó la encargada.

Nos ubicamos, alrededor de la mesa, bajo altas ventanas a las nubes de la tarde. La mujer apoyó una pava caliente, acomodó unas tazas y sacó del armario un bollo finito y negro de humo.

Y contó lo que hasta ese día tenía que haber callado.

Se alegraba de que hubieran comenzado las obras. Y había que terminarlas lo antes posible. Y volver a hacer funcionar el hogar. Recuperar los chicos. Era urgente porque sino habría que devolverlo.

-¿Por qué devolver?- le preguntamos.

El inmueble había sido donado para hogar, explicó. No podía ser usado para otra cosa. Insistió: “donado expresamente para hogar”. Por un hombre rico que había vivido en esa casa. Si la donación había sido para hogar –repitió de nuevo-, no se lo podía usar para nada más. Si no, los herederos podían pedir la devolución. Porque, si bien el donante había muerto –aclaró-, sus hijos vivían. La mujer hablaba con urgencia y como declamando. Y justamente unos días antes de nuestra visita –siguió-, había aparecido uno de esos hijos y había andado preguntando si el hogar funcionaba o no.

-Y como funciona –agregó-, no pudo hacer nada.

Yo había visto, al entrar, a un chico al final de la galería. Sin prestarle atención. Podía ser un chico cualquiera. Pero al escucharla me di cuenta y pregunté:

-¿Cómo que funciona el hogar?

Todo había comenzado varios años atrás –comenzó a contar la encargada todavía sin contestarme-, una noche de lluvia. Una de las habitaciones se derrumbó. “Fue un milagro”, exclamó. Una viga cayó en medio de la habitación pero ningún chico sufrió heridas. “Increíble” dijo. Siguió una decisión obvia: sacar a los chicos. De casi treinta chicos que había, se llevaron a más de la mitad a un orfanato en la capital; los demás fueron saliendo hacia “hogares sustitutos” de aquí o allá. Pero quedó uno. Y entonces me miró porque me estaba contestando.

-Era el último que teníamos –dijo-.

Yo escuché: era el último. Y que lo tenían. La mujer, apurada, nerviosa pero también demostrando decisión, se puso a enumerar las medidas que tomaron para asegurarse de que el chico estuviera bien. No pudo explicar demasiado porque la interrumpió uno de los ingenieros.

-¿Un solo chico?

-Sí -contestó la mujer.

-¿Y con los techos cayéndose?

-No, siempre estuvo en lugar seguro.

Permaneció un instante en silencio. Como si hubiera perdido la fuerza. Como si se hubiera dado cuenta de la dificultad que había para explicar y no supiera cómo seguir. Volvió a hablar de las ratas. “Ya no se podía estar –dijo-, había por todos lados, en todos los rincones. Todo el día se escuchaban los pasitos sobre el techo”. Y –como los ingenieros y yo la mirábamos en silencio- siguió: “Pusimos veneno. A la semana, más o menos, comenzaron a caer muertas”. No sé si estaría procurando dar cuenta de los cuidados que habían tenido para con el último chico: limpiar de ratas el lugar donde lo tenían. “Aparecían en el patio, en todas las habitaciones, en todos lados. Las fuimos recogiendo, pero quedaron una cuántas ratas muertas entre las chapas y las maderas del techo”.

-Es un olor terrible -dije.

-No –contestó la mujer-. Hace ya tiempo y casi no se siente. Van a ver: después de un rato, uno se acostumbra y ya no se lo siente nada.

-Sí- acepté. El olor no era tan fuerte.

Habían sido quince las personas que trabajaban ahí, procuró continuar. Ella, la encargada; además porteras, maestras y enfermeras. Y habían estado ahí –enfatizó-, trabajando, todos esos años. El chico había estado muy bien atendido y no podía en verdad quejarse de nada.

-¿Y qué hacían? –pregunté, porque era obvio.

-Vinimos a trabajar. Todos. Todos los días. Para no perder el trabajo. O que nos trasladen. Esperando que traigan a los chicos de vuelta.

-¿Qué chicos? Deben ser todos mayores – objeté, un poco en broma pero también con furia.

Pero siguieron sus explicaciones. Todo era inconcebible. Un grupo yendo todos los días a trabajar a un lugar vacío. Y para no hacer nada. Con una sola habitación ocupada. Un solo chico. Atendido o abandonado, no se sabe, pero suficiente para la conservación del trabajo y el sueldo. La miré sin piedad y vi dientes sucios y transpiración sobre su rostro.

-Si no era por ese chico, tendrían que haberse ido –apuntó uno de los ingenieros, pero con un tono neutro, sin reproche, como una constatación nada más.

La mujer se puso seria. Tomó la pava y la dejó en la hornalla, como arrepintiéndose de habernos invitado. Sacó un repasador y limpió la mesa. Y dijo entre dientes: “Gracias a nosotros ahora los herederos no pueden pedir que ustedes les devuelvan la casa”.

El otro ingeniero, que había estado ajeno a la conversación, propuso que viéramos cómo iban las obras antes de que se hiciera de noche. La mujer envolvió el pedazo de bollo y se paró para que saliéramos. Salieron los tres pero yo me quedé en la cocina. No sé si apenado o solamente sin ganas. Era una casa enorme, completamente fuera de lugar en un pueblito lejano y pobre. No me podía imaginar quién pudo haber construido ese edificio. Y después donarlo para hogar. Pensé en un hijo abandonado y en una fortuna inesperada; y además en alguna cosa que en ese lugar pudiera haber tocado su corazón. Un chico en la calle, bajo la lluvia o el sol o cualquier otra cosa. Como fuera, esa mansión no tenía sentido en ese pueblito. Tampoco que hubiera que usarla sí o sí para orfanato. No había suficientes niños, ni ahí ni en toda la región. En una ventana muy alta, por la que había estado entrando la luz de la tarde, brillaba todavía el cielo nublado. Pero la cocina ya estaba en penumbras.

Entonces entró el chico. Entró sin verme. No sin mirarme: sin verme. Como si en realidad yo no estuviera ahí. Entró y tocó la pava con el revés de la mano. Sacó una taza, un saquito de té. Todo muy despacio. No con miedo o cuidado, con desgano –supongo- o aburrido. En el silencio de la cocina en penumbras vertió el agua en la taza. Era un adolescente. Una barba incipiente le hacía una sombra en el rostro. Tenía la camisa abierta y la piel muy blanca. Sus prendas venían cada una de distintos orígenes. Resultaba extraño que se hubieran reunido en un mismo cuerpo. Zapatos redondos de otros tiempos; un pantalón blanco muy grueso, de lona; una camisa floreada que podía ser un piyama. El pantalón demasiado ancho en la cintura. Lo aseguraba con una cinta; y además era corto y se le veían los tobillos. Agregó azúcar. Podría haberle dicho algo. Intentar conocer su historia. Lo extraordinario era el hecho en sí. El trasfondo del abandono y su condición de rehén o beneficiario de un grupo que se había aferrado a él como última posibilidad de conservar un sueldo.

Sacó el bollo y empezó a tomar el té. Estábamos a menos de un metro de distancia y de ningún modo parecía notar siquiera mi presencia. No me sentía incómodo. Pero lo que quiero contar es que elevé los ojos hacia la luz ya escasa que entraba por las ventanas y pensé en mi padre. O en la historia que tenía sobre mi padre. Porque padre no tuve. Llevaba su apellido y tenía además unas fotos y una historia. Pero nunca lo había visto. Tampoco había preguntado demasiado. Supongo que no me habían hecho falta más que esa historia y esas fotos. Las fotos eran verdaderas; la historia no sé, supongo que podía ser verdadera en parte. No importaba. En realidad, enseguida comencé a recordar al padre de un compañero de escuela. No sé por qué. Supongo que pensé en el padre de ese chico a mi lado en la mesa del orfanato, después en el mío y después en cualquier otro, un padre cualquiera, y encontré al padre de ese compañero. Sería lo más parecido a un padre que pude recordar. El único además, porque ni el mío ni el de ese chico parecían haber existido.

Y esto fue lo que recordé:

Era la ceremonia al final del curso. Había muchos padres -padres, madres, hermanos, abuelos, familias enteras-. Los habían ubicado frente al palco al que había que pasar a retirar los certificados. A los chicos nos habían formado a un costado. Las familias, desde el frente, saludaban y aplaudían. Pero cuando llamaron a ese compañero, su padre, en vez de quedarse entre la gente, aplaudir o saludar desde su lugar como los demás, caminó hasta el palco y lo abrazó y lo levantó por el aire. Después lo acompañó hasta su lugar en la fila. Eso fue todo. No me acuerdo del momento en que yo mismo pude haber pasado a retirar mi certificado. Tampoco recuerdo si estaban mi madre o mi abuela. Seguramente las dos.

El chico terminó el té y levantó la vista. Pero seguía sin mirarme. Parecía mirar la pared detrás de mí. Me fijé en sus ojos. Unos ojos negros, redondos y sin brillo. Había dejado la taza sobre la mesa y permanecía inmóvil, acaso sin saber qué hacía yo ahí o si tenía que decir algo o qué podría decir. Podía no tener nada para decir o no saber qué decir. Era yo el que tendría que hablar, pensé. Pero enseguida me di cuenta de que también yo mismo no era más que un hombre –ni más ni menos- y que tampoco tenía nada para decir. Yo tampoco lo miraba. Sentía, sí, una angustia. Por lo que pudo haber pasado esos años en el silencio de los demás chicos que ya no estaban. O por su piel: blanca, demasiado blanca, en el frío de las noches en la mansión en ruinas. No sé.

Los días que siguieron no recordé la imagen de ese chiquito. Ni el olor de las ratas muertas. Ni siquiera pensé en mí mismo o en mi propia historia sin un padre. No. Lo que recordé, una y otra vez, fue a mi compañero de escuela, un chiquito que no era yo mismo, y a su padre que no había sido el mío.

lunes, 4 de abril de 2011

Corazón como tiniebla que se expande

Las criaturas tienen los ojos abiertos. A ratos los entrecierran. Escucho sus tragos de aire.
Y las sombras se agitan. Las sombras se juntan y se agitan. Parecen ramas negras contra el cielo gris.
Me pesa el miedo de las criaturas. No hay problema con los cuerpos sobre la tierra. El problema es el corazón lleno de miedo.
La luna se ha ido lejos y no brilla. Es un punto. Un punto rojo apenas.
Ruido de alas. Son las sombras que aletean. El pozo es cruzado por sombras como dientes.
Pero después lo que abruma es el silencio. El silencio baja y penetra todo y todo se vuelve silencioso.
Una criatura se desprende, sin embargo, y viaja. Hacia el mismo rostro de la tiniebla. Agitando el agua. Mi dolor en esa criatura encuentra consuelo. Saberme una parte también, de viaje.
Ya no veo ojos en las sombras. El corazón es tiniebla que se expande.

martes, 25 de enero de 2011

El tiempo abominable

Cómo recuperarnos del tiempo abominable de la dispersa ceniza de cigarrillos y palabras inútiles con días tan ventosos para colmo en ventanas de pequeños cuartos de pensión.
Y cómo atar el nudo que junte -en una sola desesperación y una sola esperanza- las innumerables facciones y todos los miedos.
Puede que algún día el tiempo sea más digno que el cielo tan lejos de los vidrios del café con todo el viento en la mesa y los cuerpos sucios de cenizas y palabras consumidas.
Soledad de un sábado en que nadie podría atreverse a tratar de igual a igual al viento.

(Lo escribí hace muchos años, durante la dictadura militar, y después no me pareció ponerlo en ninguno de mis libros. Se ve que supe siempre lo que tiene de obviedad y de lugar común. Pero igual, cada tanto tropiezo con este texto. Puede tener que ver con una vocación por lo público que me ha ocupado los últimos años o solamente le tengo cariño. La web ahora, con su rapidez y su mezcla, parece un lugar para publicarlo).

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Canción de los árboles

Los árboles son los seres vivos más grandes. Y además son magníficos, infinitamente sosegados, intensamente silenciosos. Y un bosque ya es algo más. Es como un animal enorme.
Yo tenía unos árboles que amaba. No sabía que los amaba. Amaba a los árboles y también al bosquecito que hacían entre ellos. Los encontré cuando nos mudamos. Me gustaron. Eran unos eucaliptus amontonados, uno al lado del otro, que rodeaban un zanjón profundo. Los habían plantado muchos años antes, para alimentar estufas de tabaco. Habrán desparecido algún día las plantaciones de tabaco, y los eucaliptus y ahí quedaron, olvidados y levantándose hacia el cielo.
El vecino tenía un bosquecito igual pero cortó todos los árboles y puso una pileta. Me dio pena. Si no para mí, seguro que para los propios árboles el bosque se achicó a la mitad.
Yo no necesitaba ni una pileta ni nada. De modo que los dejé tal como los había encontrado. Nunca había querido un jardín. Ni menos un bosque. Pero eso fue lo que encontré. Y me gustaba mirar a veces los reflejos del sol del mediodía sobre las hojas o cómo se inclinaban las copas cuando soplaba viento. Y escuchar otras veces el golpe de las hojas sobre el techo de chapa. O volverse oscuros cuando se nublaba y despejarse de pronto cuando comenzaba la lluvia. Estaban ahí. Nada más. Yo no sabía que los amaba. O que en realidad amaba el bosque.
Si sabía -acaso oscuramente pero sabía- que en esos árboles yo entendía o sentía las cosas que no podía nombrar. Digo, en primer lugar, mi propia soledad. Y el asombro ante la existencia llena de increíbles y hermosas criaturas. Como esos árboles. Y hasta entendía o sentía, la tristeza del amor, siempre sometido al tiempo y amenazado siempre por el tiempo. Y también el olor de la distancia y del tiempo perdido y de unas tardes en el fondo de la infancia.
Tampoco era que pensara demasiado en esos árboles. Ni que supiera que los amaba. Pero lo que digo es cierto. Y después sucedieron algunas cosas. Un día vino el vecino a quejarse porque mis eucaliptus en otoño le llenaban el patio de hojas. Tapaban su césped. Tenía que poner un jardinero sólo para levantar hojas. Y tenía también que cambiar a cada rato el agua de la pileta. Alertaba además sobre el peligro de incendios. Y en eso tuvo razón. Los chicos un día prendieron un fuego para jugar. Y en un instante llegó hasta el centro de las hojas secas y comenzaron a subir lenguas de fuego por las frondas. Cuando llegaron los bomberos los chicos tosían de tanto respirar humo y el vecino gritaba parado detrás de su alambrado.
El hecho era que tenía que cortar algunos árboles. Los más altos, los que estaban cerca de mi casa o al costado del camino, los que subían pegados al alambrado del vecino. Dije que sí. Sin pensar demasiado. Tampoco hubiera podido decir otra cosa. Ni aunque hubiera sabido que los amaba. Y una mañana me despertó el ruido de una sierra y ya mientras me preparaba un café, sentí el estruendo de un árbol que caía arrastrando ramas y que hizo temblar la tierra.
Ese día, cuando salía hacia el trabajo, me dio pena el primer árbol caído, pero eso era lo que tenía que ser. Me detuve a saludar a los hombres que ya ataban unas sogas al tronco del segundo árbol.
Los eucaliptus cayeron. Muchos de ellos. Los hombres los acomodaron en un costado y después los fueron cortando, convirtiéndolos en troncos con los que hicieron pilas. No me gustaba ver esos pedazos todavía en el jardín. Eran demasiado grandes para leña. Menos me gustaba mirar hacia las copas. Quedaban los árboles más bajos y más ralos y había espacios vacíos. Unos espacios como espectros donde antes flotaban las frondas.
Paso ahora a cada rato por el costado de los árboles que quedan. Sigo sin mirarlos. Yo sé que también son un bosque. Más chico, sin el espesor de entonces, con huecos por donde pasa el sol. Pero un bosque. Sé también que lo que me impide mirar ese bosque es el recuerdo. No los árboles que quedan. Que son seguramente hermosos. Sino los que ya no están.
El recuerdo y esos montículos de troncos acomodados aquí y allá. A esos sí que no los miro. Son, lo sé, las partes de los árboles que había. Pero son también justo lo contrario: símbolos de su destrucción. Y están ahí. Y no los miro. Los dejo estar, esperando que desaparezcan, que los tapen los yuyos un verano o que de algún otro modo encuentren un sentido.
Antes tenía un bosque. Ahora un paisaje de árboles solos. Y pedazos de troncos que no miro. Y siento que he perdido la imagen del mundo al perder los seres más grandes que había en el mundo. Y he perdido la tristeza del amor y la tristeza de la distancia y también esa canción profunda que a veces llegaba desde el bosque como de mi propia soledad.

lunes, 9 de noviembre de 2009

De "Un Relato Ausente"*

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Me acuerdo. Ella sentada en el piso, apoyada en mi cama, desconsolada, con un pulóver rojo y una bombacha negra. Cerrábamos la puerta al balcón donde caía la tarde. Igual era difícil. No sabíamos qué hacer con la miseria de nuestras voces. Estuvimos juntos, sin embargo. Y vimos ese otoño en el parque, un caballo blanco al galope entre los autos. Se habría escapado del hipódromo. Un caballo blanco, al galope, bajo árboles rojos y amarillos.

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Una mujer recostó su cuerpo sobre el mío, supongo que sin darse cuenta. El dolor me estaba dejando sin fuerzas pero acerqué mis labios a su cuello. Eran mis últimos días. Sentí que mi respiración le rozaba el cuello.

También estuvo lloviendo. En la ventana unos chicos señalaban hacia la calle, sorprendidos por el agua que cubría las veredas. Uno de ellos se separó y corrió bajo la lluvia. Eran partículas –eso pensaba también de mí mismo-, la mujer y los chicos. Partículas de un perpetuo poderoso. Y rastros de la gracia del mundo.

Yo hubiera podido seguir armando frases. Pero en verdad, no tenía ya nada que decir. El chico que cruzó corriendo no era algo que se pudiera decir; era apenas una pausa, una imagen que se detuvo solamente el tiempo necesario para escribir unas palabras. Es decir, no declararé la belleza. No hablaré de los que sufren. No volveré a mencionar el misterio. Esas temporadas se fueron.

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Ella había vaciado los actos y los instantes y también todo lo que había alrededor, como las plantas o las estrellas. Y no había quedado nada más que su cuerpo. Y como se había ido, el mundo era un lugar sin nada.

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*[Un relato ausente. Textos escritos en la niebla, reescritos al atardecer. Intravenosa, Jujuy, 2009].

viernes, 30 de octubre de 2009

viernes, 16 de enero de 2009

Lo que necesita un cadáver

Entonces yo ejercía la abogacía y el muerto era hermano de mi mejor cliente. Bajaba una barranca –así dijeron-, y se resbaló. Los que lo fueron a buscar ya lo encontraron muerto; y llevaron el cuerpo hasta Peñas Coloradas, un pueblito en la selva del otro lado de la frontera. Ahora había que traerlo. Retirar el cadáver y pasar puestos policiales y de gendarmería. Y como la viuda no quería ir y no se lo iban a entregar a cualquiera, había que hacer unos cuántos papeles. Pensaron, con alguna razón, que lo mejor sería que fuera un abogado.

Yo no quería saber nada. No iba a andar por ahí con un cadáver en descomposición. El cadáver estaba en una heladera, me contestó mi cliente. Peor, dije. Insistió, ya presionándome: tenía que ser yo. Era su abogado; además me lo pedía como amigo. Al final acordamos, yo haría solamente los papeles; del traslado tenía que ocuparse otro. La viuda me hizo un poder y me entregó una copia del testamento. En Peñas Coloradas me esperaría uno de los amigos pescadores. Él se ocuparía de traer el cadáver.

Y ahora venía manejando por un camino de cornisa y se iba poniendo horrible, con nubes bajas y una lluvia incesante. Y ya eran muchos, demasiados kilómetros. Los limpiaparabrisas andaban apenas y no podía ver más que unos metros adelante. Había salido temprano con la ilusión de desocuparme antes de la noche y seguir a Tarija. Pero ya era casi el mediodía y no había llegado ni en la mitad del camino; no llegaría a ningún lado. Iba despacio pero igual era demasiado peligroso. Una senda de una sola mano entre barrancas de cien o doscientos metros, con un tránsito que no se podía creer. Cruzaban camionetas, ómnibus y camiones. En algunos tramos era tan estrecho que cuando nos topábamos uno tenía que retroceder, hasta que el camino se ensanchaba un poco y entonces uno se pegaba a la barranca o quedaba al borde del precipicio, para dejar pasar al otro.

La noche anterior había leído el testamento. Parecía de otra época. Escrito a mano, con letra diminuta y sin un error. Me llamó la atención que pidiera ser enterrado de inmediato. Lo reiteraba varias veces. Quería que lo pusieran en un cajón, cerraran la tapa y lo llevaran al cementerio. Lo más rápido posible. Aclaraba que los que quisieran, podían acompañar el cajón hasta el cementerio. Pero nada más. Ni llantos ni demoras. No había llegado a conocer al muerto, ahora me preguntaba por esa aprensión; el pudor acerca de su propio cadáver.


Se llega a Peñas Coloradas después de lo peor: el camino se hunde hasta el fondo del valle y comienza a correr por un costado del río y se cubre de barro. Seguí a diez o quince kilómetros por hora, patinando hacia los costados, y con los nervios de punta. Llegué ya en las últimas horas, a una plaza de puestos callejeros montados como pequeñas tiendas de campaña. Tenía que encontrarme con un abogado local, que ayudaría en el trámite, pero quise antes conseguir un hotel; no podía salir al camino de nuevo esa noche. Unos policías me indicaron uno: el Hotel Hidalgo. Quedaba en una pequeña meseta sobre un río. Era un lugar apacible y limpio, con salones enormes. Desde unos ventanales llenos de espacio se veía la ciudad. Pedí una habitación y me dejé llevar, por vereditas y escaleras, hasta una pieza sobre la barranca. Me tiré y cerré los ojos. Tenía el corazón agitado por las curvas y los abismos. Después estuve mirando papeles. Volví a mirar el testamento. Repasé -todavía sin saber por qué- lo que “el causante” –en el lenguaje del derecho- había dejado escrito sobre su cadáver. Que nadie lo viera. Que cierren el cajón de inmediato, que no haya ningún velorio; pasar derecho a la tierra. Después se detenía en una distribución de cosas y de bienes llena de precisiones y detalles.

Volví a las calles, a buscar al abogado. Atendía en un lugar que no parecía una oficina ni nada. Era un galpón, bastante grande, al que había que subir por una rampa. Había un amontonamiento de muebles y papeles que no inspiraban ninguna confianza. Todo fue sin embargo muy fácil. Ya tenía redactados los papeles, yo solamente tuve que firmar. Era un boliviano lleno de ceremonias, con el rostro apacible. Me pidió que volviera a la tarde del día siguiente. Pregunté si no podía terminar todo para la mañana. Había familiares y amigos en un velorio al que le faltaba el cajón y el muerto, dije para justificar mi apuro. Además el cadáver se podía descomponer. “No –me contestó-, está en la heladera”. Después insistió: nada podía ser antes que la tarde del día siguiente.

Me parecía increíble tener que quedarme un día más. Pero había algunas cosas más a las que tendría que ir adaptándome. Pregunté al abogado si ya se había comunicado el que se ocuparía de llevar al muerto. Me miró sorprendido. El creía que yo lo llevaría. Salí a las calles con una furia que no tenía demasiado sentido. Era un pueblo en las montañas, como en un reposo sin tiempo. Estuve leyendo en un barcito, después anduve por la plaza. Comí algo y volví a la feria y caminé entre los puestos, mirando relojes falsos, ropa de colores o frutas y verduras que no había visto antes. Era una noche caliente y los comercios permanecían abiertos ya cerca de la medianoche.

Al volver al hotel, me tiré vestido y prendí el televisor. Pasaban una película de un circo. Una mujer, a la que llamaban La reina de la cumbia, contestaba a la pregunta “¿Lo amas?” diciendo: “Hemos sido felices”. Después aclaraba: “Nada es para siempre”. A continuación hacía el amor con el hombre que la había interrogado. “Nadie puede quedarse en algún lugar sin terminar igual que los que viven en ese lugar” decía un anciano al hombre que había hecho el amor con la mujer. Me impresionó esa frase y sin motivo me puse a pensar cómo sería yo mismo si tuviera que permanecer en ese pueblito para siempre. La reina ahora conversaba con el viejo en los tablones del circo y enseguida comenzaba el espectáculo. La misma mujer había sido puesta adentro de una caja y el mago –que era el viejo con un disfraz lamentable- daba vueltas con unas espadas enormes. Cuando ya todas las espadas habían atravesado la caja, ella aparecía entre trompetas desde el fondo de la carpa. Ya cerré los ojos. Estaba cansado. Pude haber dormido un instante. Cuando volví a mirar, los personajes viajaban en un camión por las rutas de Brasil.

Desperté tarde al día siguiente y anduve por los salones vacíos. Había también jardines llenos de plantas que colgaban a la barranca. Abajo corría encajonado el río. Me parecía extraño estar ahí, mirando esas plantas remotas e incomprensibles; pero ya no sentía apuro. Cuando me iba encontré que el salón estaba siendo cubierto de blanco. Había una multitud de mucamas, no menos de veinte. Una me explicó que esa noche habría un casamiento. Ponían manteles y cortinas, acomodaban platos, limpiaban vidrios y decoraban las mesas con flores.

Llegué antes de tiempo a la oficina del abogado; me recibió sin embargo con todo listo: unos papeles con firmas y sellos que, resumidamente, servirían para retirar el cadáver, atravesar la frontera y enterrarlo en cualquier cementerio del mundo. Así dijo, con una satisfacción medio horrorosa: “¡Cualquier cementerio del mundo!”.

Si, pero no era yo el que tenía que llevarlo, sino alguien que no aparecía. El boliviano me miró. Insistí si no se había comunicado con él otra persona. “No, nadie” contestó.


En el hospital me indicaron un camino por pasillos en penumbras. Esperé, después, en la puerta de una oficina. Al rato escuché los ruidos de una camilla y enseguida llegaron dos enfermeras con el cadáver. Vino un policía y me miró con indiferencia, después leyó los papeles. Se terminaba la tarde; ya la última claridad bajaba de un tragaluz. Estaba todo en silencio. Miré el reloj. Vinieron de nuevo las enfermeras y llevaron el cuerpo. Las seguí. En la morgue lo pusieron sobre un mesón y lo envolvieron. Me reconfortó que lo acomodaran con cuidado. Acaso el muerto, al escribir el testamento, habría sabido que en cualquier lugar habría personas que se ocuparían de él. No necesitaría nada más. Que alguien acomode el cadáver y haga –como se suele decir- lo que ya no podría hacer por sí mismo: que lo lleve a un cementerio. Al rato volvió una de las enfermeras y puso unos broches para asegurar la sábana que cubría el cuerpo.

Yo ya sabía lo que iba a hacer. Para el muerto sería una humillación –pensé- viajar en la parte de atrás de una camioneta, pudriéndose sobre caminos deshechos. Para un velorio que nunca había querido. Recordé, no sé por qué, un instante en el viaje del día anterior. Cerca del mediodía se disiparon las nubes y reparé en la cantidad cruces a los costados. Eso mismo se hacía en Jujuy. Nunca supe a qué respondía la necesidad de señalar los lugares donde alguien había muerto. Las cruces en esas cornisas se clavaban en los bordes del camino, pero probablemente las pobres almas no se habían liberado ahí de sus ataduras carnales, sino al chocar al fondo de las barrancas. Los lugares de las cruces indicarían –digamos- los puntos de lanzamiento. Me contaron -no me paré a mirar- que el río abajo corría salpicado de restos de camiones, camionetas y colectivos.

Pude haber obrado de otro modo. Lo sé. Pude, por ejemplo, haber avisado. Tenía el teléfono de la viuda. Pero no lo hice. Salí de la morgue y arreglé un entierro. Algo modesto, pero que incluía todo: cajón, flores, una cruz, el traslado y también una parcela en el cementerio. No me importó gastar más que lo que me habían dado. Me dije que le hacía un servicio al muerto: prevalecería su voluntad de un entierro rápido y limpio, por sobre el viaje y las ceremonias que el amor de los otros pretendían imponerle.

-Ahora mismo –aclaró la chica de la funeraria- salen a buscar el cuerpo; en una hora y media lo van a estar enterrado.

Anduve por las calles mientras los vendedores levantaban sus cosas y las iban acomodando para la noche. Volví a mirar mi reloj. Llegué al cementerio cuando ya se disponían a tapar el cajón. Alcancé sin embargo a verlo adentro del pozo. Me quedé mientras caían las paladas de tierra. Me decía que había hecho todo bien. Me decía que a mí mismo me gustaría -cuando fuera mi turno- un entierro como ese: ya en la soledad de la muerte y anticipando la paz. No sé; me hice dueño del cadáver y fui el único en la morgue y en el cementerio. Acaso solamente porque estaba harto de los trámites y del viaje, pero sentí a cada momento que era justo lo que el muerto hubiera querido.

Cuando volví al hotel, ya en la playa de estacionamiento, me di cuenta de que sería un casamiento multitudinario. Me detuve en el hall de entrada en medio de un grupo de personas vestidas de fiesta. Tuve que pasar por una puerta al costado. En el salón sonaba una banda de cumbias a todo volumen. A los costados, lejos de las luces, había mujeres de vestidos largos, hablando entre dientes y riendo. No quise quejarme; no iban a parar un casamiento por mis quejas. No podría dormir y al día siguiente tendría que salir temprano y andar por caminos tortuosos. Me afligió pensar que manejaría muerto de sueño pegándome a las barrancas o asomándome a los precipicios. Buscando calmarme pasé entre la gente. Y me fui alejando, hasta el otro lado, donde estaba mi cuarto sobre la barranca. Abajo, por la quebrada profunda, corría el río a oscuras. Llegué a la escalera. No quise prender la luz. Bajé despacio, apoyándome en las paredes. Y entonces, al pasar de un escalón a otro, en un instante, quedó atrás la música y escuché solamente el ruido del río. No lo había escuchado la noche anterior. Habría crecido por la lluvia en las montañas; no sé. Detenido frente a mi puerta, me asombraba que el murmullo del agua fuera más profundo que el silencio de la noche alrededor.

(Publicado en Revista Intravenosa Nº 7, Jujuy, Octubre de 2008)

lunes, 24 de noviembre de 2008

SOFOCAR

Estuve donde terminan las súplicas y aprendí a valerme por mí mismo. También partí y llegué muy lejos. Y aprendí que las cosas no tienen todas el mismo nombre y por qué no hay nombres para algunas cosas. Y aprendí algo más. Aprendí que la noche puede durar y que lo que importa es pasar la noche. Llegar con el cuerpo a la mañana siguiente. Y para eso hay que sofocar. Ya he usado en un poema la palabra sofocar. Sofocar -este es el sentido ahora- todo lo que puede perdernos en la mitad de la noche. Sofocar. Tampoco esta vez se me ocurre otra palabra.

domingo, 9 de noviembre de 2008

OTRAS CONSIDERACIONES

Aprender que alguien muere en la palabra muerte. Volver a unas palabras como a los años que se han perdido. En un nombre cualquiera, saber que con otras letras está escrito el nombre de aquel interminable muerto, de aquella que lejana respira y tal vez canta. Intentar un espacio con la palabra cielo. Un paisaje, con las palabras más quietas. Pintarlo todo de rojo con un rostro que se creía olvidado. Y siempre sin poder decir dónde ni cuándo.

Palabras, una corriente poderosa y triste por la que van pasando el tiempo, el amor, la muerte, hacia un lenguaje de signos, un conjunto de sonidos incomprensibles.

Es necesario observar detenidamente la curva que describen. El modo que tienen de caer en cualquier lado.

Es necesario recuperar el lenguaje como una magia. Decir palabras que traigan a la luz tantos mundos por los que pasamos sin darnos cuenta.

Y ser objetivos al fin: dar al poema la clave de lo que somos y también de lo que no somos.

No sabremos de antemano cuáles son las palabras adecuadas. En verdad, sólo sabremos –pero constantemente- que en la luz, en algún rostro, en la música que se escucha en las profundidades, el poema se está perdiendo. Y que se parece más y más al amor. Por todo lo que apuesta. Por lo que exige al destino. Por esa luz trágica.

miércoles, 29 de octubre de 2008

LAS BALLENAS

Mi abuelo me contó de las ballenas. No era que alguien viviera en el interior de una ballena ni nada semejante. Eran las ballenas naturales, los seres más grandes y hermosos –según mi abuelo- con vida en el planeta. Como entonces no pude hacerme una idea de la longitud -que había puesto en metros-, señalé hacia la tranquera y él se sonrió y dijo que sí. Pero supe que era demasiado.

Era verano en la llanura reseca. Mi abuelo se despertaba antes del amanecer y escuchaba noticieros la cocina, hasta que se hacía de día. Cuando, horas más tarde, él dormía la siesta, ya con el sol ardiendo, yo escuchaba en la misma radio emisoras remotas. No buscaba noticias sino canciones de amor.

Muchos años después, muy lejos de ese lugar, con mi abuelo largamente muerto y yo mismo volviéndome un viejo, un atardecer en un hotel sobre la playa al norte de Chile, algo me hizo volver a la llanura. Sucedió de pronto. Se llenó la habitación de reflejos de sol sobre las últimas olas del día y evoqué -al principio sin saber por qué- a mi abuelo; y también me acordé de mí mismo, del que había sido, perdido en una planicie infinita. Enseguida comprendí que en esos reflejos se movían las ballenas. Me quedé mirando, lentamente en el techo y las paredes, la luz del agua del mar.

lunes, 20 de octubre de 2008

LA CALLECITA

Tenía la cintura como un tallo
y se movía despacio;
sus manos se demoraban en el aire
como si le costara habitar el cuerpo.
Fuimos
hasta el extremo del parque
donde comenzaba
una callecita estrecha
y mal iluminada
que se abría
llena de esa necesidad
donde comienza el amor.

lunes, 29 de septiembre de 2008

LA DERIVA

No sé. Algunas veces fue la lluvia, unos atisbos de eternidad en la luz del rayo. Otras la delicadeza de una noche, que se acabara el tiempo y sin embargo hubiera todavía aire para seguir respirando.

Hablo del modo en que a veces se detenía la luz en las cortinas. Y también de calles que miré sabiendo que no las volvería a ver y sin forzar la memoria o el olvido. O gestos, como una mano que busca mantener dos cuerpos pegados o una boca entreabierta.

Todas formas que se incorporaban a la existencia y eran llevadas por la ternura, con su enfermedad y su salvación extraña.

jueves, 25 de septiembre de 2008

De "HE VISTO VIVIR"*

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HE VISTO VIVIR

He visto vivir a la gente desde lejos y a veces se me ocurría pensar qué cosas habrían tenido que pasar o si habrían podido recoger lo necesario.
Digo -por ejemplo- de una pareja de jóvenes. Los encontré cuando salían de la casa de sus padres y los acompañé hasta el camino. Estuve caminando con ellos hasta que oscureció y tuve que volver. Ellos se siguieron alejando.
Eran un hombre y una mujer jóvenes. Ella llevaba un niño en brazos. Y no tenían equipaje, ni siquiera suficiente ropa; sólo una pequeña manta para cubrir esa noche al niño.

No me animé a preguntarles adónde iban. Podían no tener dónde ir.

Tanta era la luz y la fuerza de la imagen, que pensé que eran un símbolo: del amor o de la persistencia de la especie, algo así. No podía sospechar que se trataba de nosotros mismos; de los que ya no seríamos; del camino que no íbamos a recorrer.


DESNUDA CON UNA BUFANDA

Estuvimos juntos muchas noches en las calles o el sillón de su departamento, o en las camas de oscuros cuartos de pensión. Ella ahora está lejos y sólo de tanto en tanto alguien cuenta de su vida, por donde anda o las cosas que hace. No importa, no hay una historia que quisiera o pudiera recordar.

Sólo instantes, fragmentos, pedazos apenas de un tiempo perdido. Por ejemplo: una vez fui a esperarla al aeropuerto porque ella se creía embarazada. Un fragmento. Ella se acostaba con una bufanda para no enfriarse la garganta. Otro fragmento. Y así una noche se destapó y estaba desnuda debajo de la cintura; y abrió las piernas para que yo me acercara. Profundamente como todo aquellos años: la besé como nunca volví a besar. Y en silencio porque en la cama de al lado dormía otra mujer.

Fragmentos, imágenes de un cuerpo, instantes en los que el tiempo puso marcas en un mundo transitorio que estaba perdiéndonos constantemente.



PÁJAROS

A pesar que ya mi padre
no los oye
los pájaros cantan todavía
en el jardín.
Así cantaban
durante toda la infancia.
Desde el viejo puente
que él nunca más atraviesa
se escucha el mismo
murmullo del agua.



UN PATIO EN MEDIO DE LA CASA

En medio de la casa había un patio donde llovía todo el tiempo. Se llegaba desde afuera por un pasillo estrecho. Después de caminar un corredor oscuro, de pronto, se salía a la noche y se pisaba pasto mojado.

Lo conocí porque una vez tuve que dejar en ese lugar una bicicleta. La iba a poner al final del pasillo, pero tuve miedo de que la robaran. De modo que la pasé por sobre una pequeña pared adentro del patio. En ese momento no me importó que pudiera mojarse. No recuerdo nada más. No pude entender nada más.

Con el tiempo supuse que tenía sentido conservar así la humedad, en el medio de la casa. Lo asociaba con el amor. Un patio apenas del tamaño de una habitación, donde llovía todo el tiempo.
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*["He visto vivir", Universidad Nacional de Jujuy, Jujuy, 2000].

miércoles, 3 de septiembre de 2008

EDITH, POR LAS CALLES*

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Esto no es una historia sino apenas una imagen. Puede ser un relato si alcanzo a decir de todos los modos posibles esa misma imagen. Porque es una imagen con la que hay que ir por partes:
El sol en verano pega fuerte. Pero esa siesta que ella pasó por las calles no era el sol solamente, era sobre todo el aire. Si hubiera sido el sol habría bastado con caminar por la sombra, pero como era el aire no había dónde esconderse. Y ella iba por las calles, esas horas sofocantes. Fue la primera vez que la vi. Se qué me sorprendió verla, pero en verdad no recuerdo demasiado esa primera imagen.
Lo que en cambio recuerdo claramente es la última vez que la vi. Habían pasado apenas unos meses y ella iba por la misma vereda, ahora embarazada, caminando muy despacio. La recuerdo claramente, casi como si fuera una foto. Recuerdo su silueta, el ritmo de sus movimientos, el modo que le caía la camisa delante del vientre...
Pero no puedo recordar su rostro. Recuerdo la forma de su nariz, sus labios, incluso el color de sus ojos; pero falta algo para recordar su rostro. Lo que recuerdo es esa última imagen, ya lo dije, de ella embarazada por las calles. Con esa imagen estoy contando su historia, pero es como si sin su rostro faltara algo.
Se llamaba Edith. Me enteré a los pocos días, al regresar a casa un mediodía. Ya debía ser la primavera: no recuerdo la fecha pero si la luz del mediodía y que ella llevaba un vestido rojo muy suelto. Elisa, mi mujer, nos presentó. Fui a cambiarme y cuando volví me senté a la mesa. Ellas conversaban del otro lado y yo las miraba mientras comía. Lo que en el recuerdo me confunde es la ubicación de la mesa. Creo saber muy bien cuál era el lugar en que habitualmente estaba, pero es como si ese mediodía hubiera estado más cerca de la ventana: recuerdo una luz intensa en ese instante en que ellas conversaban del otro lado de la mesa.
Le comenté que la había visto antes por las calles, de un modo casual y a ella pareció no importarle, pero luego aclaró que hacía apenas unos días que estaba en Jujuy.
Ahora me doy cuenta que las dos veces que la vi por las calles fue en la misma situación. Yo tomando café dentro de la La Royal y ella pasando por la vereda de enfrente. Pero la primera vez parecía una adolescente apenas. Iba vestida con esa mezcla hippie de cosas viejas y tejidos regionales; y su pelo era más claro que la paja. Supongo que me debe haber alegrado verla. Era una siesta muy fresca, todavía en los últimos días del invierno; y fue como si su presencia produjera una renovación de las cosas, anticipando días distintos ya con la primavera adentro.
La otra vez que la vi por las calles fue también la última. Era de nuevo la siesta y ya para entonces el verano había durado demasiado. Yo respiraba pesadamente adentro de La Royal a pesar de los ventiladores del techo y afuera el aire detenido bajo el sol parecía a punto de encenderse. Y ella pasó por la vereda del frente. Había llegado a ser una mujer. Caminaba muy despacio, con un embarazo de varios meses. Tuve el impulso de salir y llamarla pero me quedé quieto y ya nunca más la volví a ver.
Creo incluso que ambas veces pasó en la misma dirección: hacia el fondo de las calles donde queda la plaza y se van acabando las luces y se llega a las vías del tren. Pero la primera vez he sentido el impacto de su belleza y después sobre todo compasión o algo más profundo que no creo poder explicar. Si la hubiera llamado acaso no tendría nada que explicar; pero no lo hice.

Al mediodía en casa nos contó que había venido a Jujuy a trabajar en alguna escuelita de la Puna. Le pregunté adónde, a cuál escuela, y descubrí que no lo tenía nada claro. Sabía de algún modo que existía la Puna y que ahí había escuelas con niños y que ella quería ser la maestra, nada más. No me sorprendió demasiado: está lleno de gente así y nosotros los norteños tenemos las mejores oportunidades para todos ellos. Yo enseguida me fui y ella se quedó conversando con mi mujer, Elisa.
Después me contó Elisa que Edith la había llamado por teléfono para mandarle saludos de su hermano Javier, que vivía en Córdoba. Edith le dijo quien era y que el hermano le había pedido que la saludara y entonces Elisa la invitó a comer. Y también me contó que ese mediodía había estado dando tantas vueltas con el tema del hermano de Elisa, las cosas fantásticas que hacía y lo bueno que era, que terminó por creer que Edith estaba enamorada de su hermano. Y comentó: "Pobre chica...", como descartando toda posibilidad de que Javier hubiera podido prestarle atención. "Acaso si como amiga -agregó-. Pero nada más".
Elisa no la volvió a invitar, para no alimentar esperanzas en la cuestión de su hermano o porque no le interesó como amiga, pero yo la encontré unos días después en una pizzería. Me acerqué y le pregunté cómo estaba. Me contestó que bien con una sonrisa tímida, pero algo le pasaba. Así que repetí la pregunta y ella insistió en que estaba bien. Para no darme por vencido, le pregunté si ya había salido el nombramiento en la escuela del norte. Dijo que no pero que le habían dicho que ya estaba por salir. No quería mirarme y no quería hablar. Supuse que necesitaba hacerlo y que no me miraba para no permitirse hablar. Debía sentirse sola en la ciudad sin otra cosa que hacer que esperar un hipotético nombramiento. Le pedí entonces la dirección, para visitarla alguna vez, dije. Sacó un papel del bolso y anotó. No había aclarado si iría solo o con Elisa, pero el hecho de haberse puesto en el trabajo de escribir, me hizo creer que podía ir solo.
Sin embargo no fui enseguida. Anduve con la dirección en el bolsillo unos días hasta que un sábado a la tarde en que Elisa no sé por qué me dejó solo, me acordé de ella. Aunque todo es ya tan viejo, recuerdo haber recorrido los barrios hasta su puerta. Era cerca de un centro comercial donde de día funcionaba una feria con toda la gente del mundo y a la noche quedaba todo vacío, sucio y como abandonado. Encontré el número en una pequeña puerta de madera. Entré. Había que recorrer un pasillo muy largo. Me atendió una mujer por una rendija, llena de desconfianza. Le pregunté por Edith. Se quedó mirándome sin abrir la puerta. Pensé que no debía ser el lugar: había otras puertas más adelante en el mismo pasillo. Pero entonces la mujer abrió y me hizo pasar. Empecé a aclarar: es una chica rubia, de Córdoba... La mujer respondió de mala manera que no sabía si ella estaría, porque siempre tenía la puerta cerrada. Lo dijo como un reproche, como si estuviera mal que cerrara la puerta.
Tocamos la puerta. Se corrió una cortina y Edith me vio y con una sonrisa dijo "hola". Abrió la puerta y me hizo pasar. Parecía alegre por mi visita. Y yo estaba sin saber qué decir: esa chica que me había recibido en la habitación pequeña de una pensión miserable, no me parecía la misma que había visto primero por las calles y luego en el living de mi departamento. Tenía puesto un pantalón muy corto y una remera sin corpiño y debo haberme ilusionado al verla, pero lo que en realidad recuerdo es la sensación de suciedad y desorden. No había ningún mueble en el cuarto, de modo que sus cosas se apilaban en el piso. No había tampoco una cama, apenas unos cartones amontonados en un rincón con los que debía hacer su cama.
Le pregunté qué había estado haciendo, para decir algo, y ella señaló un cuadernito y dijo: "Dibujando un poco". Tenía la sensación de haber sido bien recibido, de modo que me acomodé en el piso y le pedí que me mostrara sus dibujos. Desde adentro del cuarto la cortinita de tela colorida brillaba como con luz propia. Edith me alcanzó el cuaderno en que estaba dibujando y me puse a ver los dibujos mientras ella me miraba, supongo que esperando algún comentario. Eran unos dibujos extraños, más parecían mapas o croquis que dibujos. Me detuve en uno y ella me explicó: "Está inspirado en mi barrio. Es el recorrido del colectivo que pasa por mi barrio. No éste barrio: mi barrio en Córdoba". Le dije como un estúpido que me parecían muy originales y muy interesantes. Los dibujos en verdad me habían llamado la atención, pero no se me ocurrió nada mejor que decir. Entonces se puso ella misma a mirar los dibujos, inclinando un poco la cabeza para colocarse en la misma situación que las hojas y enseguida dijo "Ya vengo" y salió del cuarto. Miré un poco más los dibujos y después me entretuve mirando sus cosas: su reloj, la ropas amontonada, la valija en un rincón, una lapicera de dibujo, todas sus cosas pertenecían a otro mundo. No entendía qué podía estar haciendo en ese cuarto.
Volvió con agua caliente y me invitó unos mates. Enseguida comenzó a oscurecer y ella prendió unas velas en un rincón. Intenté justificar mi visita, pero ella me miró y dijo que estaba bien, ella se alegraba de que yo hubiera venido y eso era todo.
No creo recordar mucho más de lo que pudimos haber hablado ese anochecer. Recuerdo, sí, que ella no quería hablar de sí misma o de su familia y también que cuando ya oscurecía un rayo iluminó la cortina y después se escuchó un trueno. Era el primer trueno del año y me alegró, como si fuera una señal de algo que no alcanzaba todavía a comprender. Yo la había ido a ver, sin saber bien cómo o para qué, pero ahí habíamos estado y sin decir demasiado ella había aceptado la condición en que debía transcurrir esa tarde y además se había alegrado por mi visita. Y ya en esos últimos momentos, cuando el cansancio hizo que nos calláramos, ella en la oscuridad se olvidó de su historia, del lugar dónde estaba y de lo que tenía que ocultar, y tuvo que hacer un esfuerzo para no hablar. Pero igual yo pude sentir, casi tocar, toda su desesperación. Y me quedé esperando que hablara. No esperaba ninguna otra cosa. Pero ella no dijo nada más y decidí irme.
Salí a las calles vacías y me di cuenta que se había hecho muy tarde. Estaba contento pero también algo inquieto. ¿Qué hacía esa mujer ahí en una pieza vacía, una pensión miserable y sin una cama siquiera? Y también sin futuro: apenas un incierto trámite para esperar un nombramiento y viajar entonces todavía más al fondo, a enseñar no sé qué en las famosas escuelitas. Y mientras atravesaba la ciudad no encontraba respuestas. Ni siquiera parecía de izquierda. ¿Qué podía entonces justificar ese recorrido hacia la Puna que la había dejado en ese punto inmóvil del camino?

Unos días mas tarde la pasé a buscar y fuimos a dar una vuelta en auto. Supongo que de nuevo mi mujer me debía haber dejado solo. Edith me esperaba en la puerta de la pensión y el primer diálogo fue en el auto ya con la última luz del día. Para entonces eran los primeros días de la primavera y el aire estaba caliente o algo más: lleno de esa intensidad y esa sorpresa con que llega la primavera. Ella se subió y como estuvo un momento callada, me pareció que seguía desesperada, pero enseguida me dí cuenta de que estaba mejor. De ese momento mi memoria sólo conserva esa sensación y no las palabras de un diálogo perdido, de modo que es imposible no dudar. Lo que ya recuerdo bien es cómo ella se alegró cuando recorríamos la ruta porque los carteles fluorescentes del camino parecían brillar. "Hermoso", decía y daba saltos en el asiento. Y yo a su lado me sentía como un estúpido incapaz hasta esa de noche de conocer la belleza de las rutas.
Llegamos al camino que lleva al dique y doblamos para alejarnos de la ruta. Ella no hablaba. Supuse de nuevo que no era porque no tuviera nada que decir, sino porque había algo que no quería decir. Ella misma era un misterio que yo no alcanzaba a descifrar y entonces le atribuía la necesidad de revelar un secreto, cuando ella acaso no tenía nada que decir. Pero lo que en verdad me asombra de esa noche es mi propia ceguera. No me animaba a decir o dar a entender nada, cuando ya estábamos solos en las sombras de un camino desierto. Al llegar al dique cruzamos un puente estrecho muy alto sobre el agua y ya del otro lado sospeché algo más y entonces di la vuelta y comencé muy lentamente el camino de regreso. Había ido hasta el punto más lejano sólo pendiente de la posibilidad de no sé qué libertad para estar con ella y de pronto volvía, ya más tranquilo, sabiendo que no tenía que forzar una oportunidad. Me e había dado cuenta que hubiera sido demasiado obvio y además no hacía falta que yo dijera o hiciera algo: ella estaba a mi lado y eso era de pronto suficiente.
Dejaba que el auto anduviera pausadamente siguiendo las suaves pendientes del camino y ella se sentó más cerca y se hizo profundo el silencio. Yo le había estado preguntando de su vida y no por cortesía o para seducirla, sino porque en verdad quería saber de ella. Toda ella, su presencia misma en aquel cuartito sin una cama, era un misterio. Yo suponía que ese misterio se dilucidaba en una historia que quería saber: ¿qué podía haber ocurrido para arrastrarla tan lejos? Porque estaba en un borde y parecía haber perdido todo. Algo tenía que explicar la expulsión de su mundo, algo o alguien. Ahora sospecho que no era ese el misterio que debía importarme. Como siempre, el misterio es uno mismo: yo también quería irme, viajar lejos y permanecer la tarde entera en un cuartito miserable de una ciudad remota. Lo que pasaba era que todavía aquellos días no me había dado cuenta.
Como no había conseguido nada con preguntarle qué hacía aquí y de dónde había venido, también me quedé callado. El auto se movía suavemente por la ruta a oscuras. Me distraje un poco con la radio y después ya sólo callando, descansando del día y de la necesidad de hablar. Ella reclinó el asiento para atrás, dejando apoyada la cabeza sobre el respaldo y suspiró una y varias veces y abrió las piernas muy lentamente, como si pudiera por fin relajarse un poco.
El auto se detuvo cuando se aplanó el camino poco antes del cruce y enseguida se escuchó a lo lejos el silbato del tren y yo entonces recordé algo que había ocurrido durante mi infancia en algún lugar de esa misma ruta. Una noche venía con mi familia y nos detuvo un policía cerca del cruce con el ferrocarril. Mi padre se detuvo a un costado del camino y se bajó con alguien a ver qué había pasado. Le dije a Edith que no había bajado solo, pero que no podía recordar con quién pudo haber bajado. "Debe haber bajado tu madre" supuso ella y yo me alegré de su interés. "No -le dije-, mi madre se quedó con nosotros, no podría habernos dejado solos. Tenía que haber alguien más".
-Tu padre entonces debe haber bajado solo- dijo ella.
-No -insistí -. No fue él el que nos contó lo que había pasado, él nunca nos hubiera contado algo tan impresionante.
-¿Qué fue lo que pasó?- preguntó.
-Una mujer se había tirado delante del tren con cuatro hijos. Qué desastre, dijo mi madre. Y después todos nos quedamos callados y se escuchó el silbato del tren, con toda la desesperación que esa mujer había logrado acallar. Es un sonido que todavía hoy me remueve adentro una tristeza sin nombre.
Estaba estremecido y no pude seguir hablando, pero ella entonces comenzó a hablar de si misma. No a contar qué le había pasado o por qué había tenido que huir, pero si hablar de si misma. Y ocurrió un diálogo verdadero, de esos que sólo se dan en la oscuridad, cuando desaparecen las imágenes y los cuerpos y todo lo que nos separa, y cada uno accede al diálogo consigo mismo. No recuerdo qué pudimos haber dicho concretamente en ese camino, pero recuerdo la sensación. Esa noche descubrí esa extrema posibilidad de escuchar a la que sólo se abre aquel que necesita hablar consigo mismo.
El auto se había detenido a unos doscientos metros de un puente muy alto por el que pasa un acueducto a más de veinte metros del camino. Ahí se nos hizo de día. No hay demasiados detalles. Acaso la abracé y nos besamos. Estuvimos un instante en silencio. Después ella me acarició el sexo y acercó su boca. Recuerdo es el momento en que ella con toda dulzura comenzó a besar mi sexo, recuerdo haber tocado su pelo, su rostro entre mis piernas.
Pero no es nada de esto lo que importa. No fue lo más bello ni tampoco lo más íntimo. Hablo, o quiero hablar, de lo que ocurrió antes. De ese diálogo que ya dije: recuerdo la oscuridad y que lo único que contaba entre nosotros eran las palabras. Lo que contaba eran las palabras y las palabras están perdidas. Como su rostro. Pero no importa. Lo que importa es que nos había llegado la sombra hasta lo profundo y habíamos comenzado a hablar en la sombra y entonces cada uno pudo ser el que era y también cualquier otro, el que quería o necesitaba ser.
Y no digo que ella haya contado de su huida. Ella seguía sin hablar de lo que fuera que la tenía tan lejos. Pero había encontrado algo verdadero en sí misma y además había podido hablar más allá de su destino particular, de lo más general del destino, como cuando dijo que la verdad no es algo que se admite sino algo que se encuentra y que el amor no es algo que se entrega, sino algo que se retiene. No importa por qué lo dijo, si tenía o no que ver con ese momento o con su situación: lo que cuenta es que fue capaz de decirlo. También recuerdo lo que yo mismo dije, tratando de corresponder a esas palabras misteriosas que ella había ofrecido: dije que el único diálogo verdadero es con la sombra, con aquellos en que la sombra nos convierte y con los que se nos aparecen en la sombra. Demostrándole así que el que en realidad no podía hablar de sí, era yo mismo. Y eso es todo lo que recuerdo, o creo recordar, de aquella noche.
Después ya recuerdo la madrugada. Cuando se hizo de día sentí que había estado escondido en el auto y salí a caminar por el costado del camino. El amanecer estaba transparente. Edith dormía dentro del auto. Creí entonces que nunca fuera de los sueños me había encontrado conmigo mismo en un modo tan intenso. Todavía no termino de aprender qué hay en el amor que nos permite descansar o de qué tenemos que descansar con el amor. Se me ocurren respuestas, pero me parecen excesivas. Acaso el amor nos deja descansar de la humanidad, de una identidad que no nos corresponde, pero parece demasiado decir algo así.
Esa madrugada había ocurrido algo definitivo. En verdad, todo lo que ocurre es definitivo porque el tiempo está constantemente destruyéndose; pero lo que quiero es nombrar ahora la sensación de haber recibido aquel instante como una pérdida que no creí ser capaz de soportar. Nada de lo que ahí había alcanzado me pertenecía: tenía que devolver esa mujer al mundo y volver yo mismo al departamento, a Elisa y a todo lo demás. Fue de esos instantes que nos consumen cuando en verdad logramos tocarlos. Estamos hechos de tiempo, dice Borges. Esa madrugada sentí que nos consumimos como el tiempo. Y ya de regreso los días que siguieron, sentí haber estado toda la noche con un desconocido. No ella, un desconocido que era yo mismo. Alguien definitivamente nuevo y también alguien muy antiguo, acaso más antiguo que yo mismo. Alguien del que me venía escapando.
- El mundo está destinado a nuestros encuentros- creo haberle dicho buscando algo más firme que apenas una noche.
- Ningún encuentro es posible -contestó-, porque sólo se trata de instantes. Lo único que cuenta es acceder a un instante y recuperarlo.

Tuvimos todavía un último encuentro. Era domingo. El verano había llegado de pronto. Había sido un día terrible de calor seco y viento y a eso de las cinco de la tarde directamente comenzó a soplar tierra. Estuvo soplando casi una hora y después comenzó a detenerse. Yo salí entonces a comprar el diario y la encontré. No sé qué haría por las calles, escapando tal vez del calor de su cuarto. Me detuve y la invité a subir, con culpa por no haberla vuelto a buscar. Lo que no podía decirle es que había pensado en ellas todas las noches mientras Elisa dormía a mi lado y que cada noche me decía que no tenía sentido y me prometía no volver a pensar en ella. Como dijo que no, le pedí que viniera, le dije que era yo el que quería que viniera. Ella se sentó en silencio y fuimos saliendo del centro por las calles vacías en un confuso momento en que nadie estaba seguro del final del viento, porque había terminado la tierra pero la ciudad aún no había podido reaccionar. En la avenida que bordea el río le pregunté cómo había estado y ella dijo algo, pero apenas para responder, sin llegar a decir más que unas pocas palabras. Seguía esperando un dichoso nombramiento y alguien le había dicho o prometido que ya saldría y estaba por lo tanto todo bien. Cuando ya recorríamos cada vez más rápido la avenida por la que se sale al sur, sentí que un viento frío venía a limpiar todo después de la tierra. Fue entonces que me preguntó si yo no me había dado cuenta de que estaba embarazada. No, le dije. Pero la miré y reconocí que era evidente que estaba embarazada. Nunca dijo quién sería el padre. Lo que contó era un poco absurdo. Decía haber descubierto su embarazo recién en el quinto mes; y explicaba: había estado muy tensa, con los músculos del estómago tensos, y de pronto se había relajado y había aparecido un embarazo de cinco meses.
Recuerdo haberla tratado con delicadeza, con gestos tan parecidos a los del amor, pero ella hizo el amor sin responder a mis gestos, como si hubiera encontrado una perfecta indiferencia: supuse que ese momento de estar juntos era todo lo que necesitaba, después ya tendría su hijo.
La última vez la vi por la vereda de enfrente. Iba muy despacio, pero creo que no por cansancio: aquella vez ya me pareció satisfecha. Qué puedo decir. La vi como algo ajeno cuando acaso era yo mismo el que estaba ajeno. Ajeno a mis sentimientos, a mi mismo, detrás de los vidrios de aquella confitería. Había encontrado en el embarazo el sentido de su fuga o lo que fuera que había venido a hacer aquí. Y eso me había tranquilizado: hubiera sido demasiado misterio si no hubiera podido dar con una obviedad como esa. Supuse que habría decidido tener un hijo con alguien, acaso el hermano de mi mujer. No sé si se lo habrá hecho saber, tampoco si habrá reclamado un reconocimiento de paternidad. Le habría gustado y acaso creyendo que lo único que quería de ese hombre era su imagen, había decidido tener un hijo con él, esperando no tanto una relación como un parecido. Y sin embargo, después había buscado una relación, o al menos una historia y así había viajado tan lejos y había llamado a ciegas a la hermana de aquel hombre en una ciudad perdida.
¿Y por qué me acuerdo de ella? No la ví más que tres o cuatro veces. Acaso no hacía falta más. Entre la gente sólo hay tres o cuatro veces; sólo momentos, como ella decía. Lo demás es pura repetición. La recuerdo en primer lugar por haberla visto tan sola. Había en ella como un desamparo adicional. Pero además sospecho que lo fundamental para que no haya podido olvidarla es esa forma de compasión que nos depara nuestra propia suerte. El destino de alguien que puede ser un motivo para reparar en nuestra propia vida. Y para descubrir que no era ella la perdida, sino yo mismo. Pero –como se ha dicho- esa ya es otra historia.
Edith ahora ya no es alguien, una mujer, sino una imagen, o -en todo caso- lo que puede inspirar una imagen: un texto, una pequeña historia. Una mujer que sigue caminando en la misma siesta entre vacilaciones de la memoria que lo van transformando todo.
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*[De "No esperar nada más de las estrellas", Catálogos, Buenos Aires, 1999].