sábado, 1 de noviembre de 2014

Regulados por leyes que no se conocen


Estamos convencidos de que esas antiguas leyes son administradas escrupulosamente, pero es extremadamente penoso ser regulados por leyes que no se conocen
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Franz Kafka

A medianoche comenzó la llovizna y algunos decidieron volver. Otros, sin irse, dejaron el camino y se refugiaron bajo los árboles; y sobre la ruta no quedaron más que diez o doce. Se habían tapado con lonas y plásticos y ahora el agua había apagado las fogatas y estaban en la oscuridad. Los conductores que seguían llegando los veían, sin embargo, y pasaban despacio por la banquina; pero podía ocurrir que alguno viniera demasiado rápido o que no pudiera detenerse sobre el pavimento mojado. Esa siesta habían conseguido detener los autos; los primeros pararon, creyendo que había habido un accidente. Arrastraron, entonces, troncos y piedras y ocuparon todo el asfalto; y después encendieron dos enormes cubiertas de tractor y permanecieron sentados en la mitad del camino, bajo el tibio sol de invierno y el humo de las cubiertas. Y se fueron amontonando autos.
Era una protesta más, entre tantas que no servían de nada, al punto que al atardecer ya los autos comenzaron a transitar por un costado. Uno de ellos intentó evitarlo tirando ahí una goma en llamas pero era demasiada la presión. Había camioneros detenidos por horas que comenzaban a tocar las bocinas o se bajaban a gritar. Ya esa noche, bajo la lluvia, miraban a los autos y se daban cuenta de que tenían que hacer algo, pero les faltaba el valor.
Albino y Amanda estaban sobre la ruta. Vivían cerca de ahí, en una casilla construida con chapas del ferrocarril y lonas, ubicada en el medio de una manzana de corredores estrechos como agujeros. Albino se habrá preguntado qué seguían haciendo ahí o sólo habrá sentido cansancio y ganas de volver. Con una mirada, Amanda le hizo comprender que seguirían en la ruta. ¿A qué volver?, debe haber pensado ella. ¿Para seguir como cada noche, él mirando el brillo de las plantas en la oscuridad, y ella esperando solamente que durmieran los niños? Porque así ocurría; el olor de las plantas se mezclaba con el del agua podrida en los zanjones y el tiempo se detenía en el desánimo y ya no encontraban descanso.
Podría decirse que fue Albino el que inició todo, pero en verdad lo que estaba por ocurrir había comenzado antes, mucho antes, el día en que el trabajo de los hombres dejó de ser necesario. No importa. Albino caminó bajo la llovizna hasta encontrar el puente; después rompió una casilla abandonada y fue arrastrando maderas. Soportando los gritos o el puro silencio furioso de los conductores que fueron llegando y no pudieron seguir porque había logrado cubrir la mitad del puente. Pero después no supo qué hacer. Estaba solo, detrás de las maderas; sentía frío mientras lloviznaba y cuando paró se sintió peor: los hombres empezarían a salir de los autos y no podría resistir. Entonces escuchó los gritos de Amanda; se acercaba corriendo junto a cuatro hombres.
Recién al ver que otros se acercaban, uno de los conductores pareció descubrir que Albino solo no podría detenerlos y se bajó e intentó abrirse paso. Consiguió tirar dos maderas a un costado pero cuando levantó la tercera, Albino la tomó de la otra punta y estuvo forcejeando. Lo hizo sin violencia: enseguida llegarían más. Y así fue. Uno de los que venían con Amanda llegó agitando un martillo y el conductor se detuvo, los insultó, fuera de sí, y después volvió a su auto.
El río hasta ahí llegaba encajonado entre serranías escarpadas y, ni bien cruzaba el puente, se abría en una playa. No traía más que un hilo de agua pero su lecho estaba cubierto de piedras. Albino dejó a los demás sobre el puente y caminó unos pasos en el bosque. Con el amanecer, se sacudían suavemente las hojas de los árboles; estaba todo en silencio, se oía solamente el murmullo del viento. Como era un bosque inventado, desarrollado sólo para alimentar la fábrica, no había bestias ni aves, ni siquiera víboras; sólo algunas arañas entre las ramas caídas o en la doble corteza de los eucaliptos. Se sacó la camisa y el pantalón y los estuvo estrujando.
Así como en Belgrano ahora se apagaban las luces de las calles, y sus habitantes permanecían mirando el brillo de las plantas mojadas, o al lado de una vela encendida, había otras casas, muchas más; casas que se extendían como un laberinto bajo la llovizna; y en cada una había gente detrás de cercos de madera o de alambres o en pequeños cuartos de bloques y chapas; o detrás de hileras de ventanas cubiertas por lonas o bolsas; algunos todavía levantados y otros durmiendo o esperando el sueño. Y algo más: habían descubierto el corte de Belgrano, antes de que llegara el fracaso; o acaso la posibilidad misma del fracaso los había empujado a una nueva desesperación. Como fuera, el hecho es que a la mañana siguiente, a la tarde y a la noche, se multiplicaron los cortes. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños, bajaron de barrancas o subieron terraplenes y cortaron los caminos en los valles y en las selvas.
Victoria me saludó llena de afecto y me preguntó qué hacía en el barrio; le expliqué que me había mudado a los departamentos de la avenida. Estábamos en un almacén. Ella vivía en la cuadra anterior así que –dijo- me esperaría para que volviéramos juntos. Cuando terminé mis compras, me señaló con una sonrisa y dijo mi nombre, como si recién pudiera recordarlo. Salimos; yo no entendía demasiado su entusiasmo pero estaba contento. En las dos cuadras que había del almacén a su casa, contó que vivía con dos hijos de un matrimonio terminado; aclarándome también cuál había sido, según ella, la causa del fracaso, como si hiciera falta que yo lo supiera. Me preguntó después a qué me dedicaba, le dije que era abogado. Ella se detuvo: “estoy preocupada por los cortes”. Yo no estaba enterado de lo que ocurría en los cortes y ella debe haberlo notado porque se puso tensa y enfatizó: “los que quedamos al margen tenemos que hacer algo”. Me despedí un poco contrariado. Ella entró a un pasillo. Quedé asimilando su inesperada corrección como un idiota y enseguida seguí a mi departamento. Allá en la secundaria, Victoria cursaba dos o tres años más abajo. La recordaba de verla en los recreos, una flaquita de rostro serio que andaba siempre sola por los patios.
No podían haberse puesto de acuerdo: ni siquiera se conocían; pero habían salido juntos y estaban en los caminos. Sumaban cientos, una multitud en cada corte y los cortes eran muchos. No ocurrían por ahora hechos de violencia; escaramuzas solamente. Habían intentado impedir el tránsito de funcionarios nacionales desde el aeropuerto a la casa de gobierno, pero se olvidaron de un camino alternativo y los funcionarios completaron el recorrido; no más que eso. Los policías, todavía sin saber qué hacer, se ubicaban a unos metros de cada corte, sólo para evitar peleas entre los automovilistas y los piqueteros.
No sé. Se me ocurren algunas cosas obvias. Algo había estallado y se sumaban protestas con destinatarios y contenidos diversos; o era, acaso, tan elemental el reclamo de los desocupados, que había movilizado la solidaridad de los demás. He visto algunas fotos: detrás de una columna de humo se veía la muchedumbre; sobre la ruta se habían colocado unas ramas, un Renault 4 destruido, alambres de un lado a otro; y también algo que ardía. El humo daba una imagen imprecisa. En otro corte todo era más pequeño: solamente unas maderas sobre la ruta y en un costado un hombre se inclinaba sobre una olla.
En Belgrano, el corte terminó justo cuando se cortaban los demás caminos. Albino, Amanda, los otros, se dieron cuenta de que, con las principales rutas llenas de manifestantes, no importaba lo que ocurriera en Belgrano. El camino que habían cortado no servía de nada y estaba lleno de pozos y con las banquinas cubiertas de yuyos. Pero entonces algo cambió la historia. Con los cortes en las rutas que comunicaban la capital con el sur y el oriente, ocurrió que el camino por el bosque pasó a ser la única vía disponible; y enseguida se llenó de colectivos, camiones, autos grandes y chicos, que pasaban aprovechando el último paso posible.
Albino, al amanecer, anduvo recorriendo las casillas. Había que salir de nuevo, ¡todos! Pero al llegar a la ruta sólo lo seguían Amanda, dos ancianos y una mujer con varios niños. Entró con una rama enorme, sin esperar a que no pasaran autos. Los que se acercaban tuvieron que frenar. Una vez ahí, miró a los que lo habían seguido: no resistirían demasiado. Pero antes de las nueve de la mañana, cuando ya se hacía insoportable la presión de los conductores, comenzaron a llegar otros. Eran, en su mayoría, ancianos.

Ahora toco mi propia incertidumbre y entonces quisiera solamente situar lo ocurrido con la mayor objetividad posible. Primero los antecedentes: las actuaciones que condujeron a que la policía se llevara al hijo de Amanda y anduviera buscando a los de Lucía, en verdad se habían iniciado antes que los cortes. Mucho antes. La cuestión fue el contexto: los operativos ocurrieron ya durante los cortes y justamente el día en que en Belgrano se detuvo todo el tránsito.
Victoria no tenía ninguna duda de que se había tratado de un apriete del gobierno. “Ahora el apriete pasa por quitarles los hijos”. Para ella, además, tenía coherencia que hubieran elegido justamente a Amanda y Albino. Recordaba que cuando los otros cortes habían mandado todo el tránsito a Belgrano y se había formado una cola de varias cuadras y la presión había comenzado a subir, el corte se llenó de camarógrafos. La cuestión es que, mientras algunos camarógrafos hacían el superficial relato de la situación, de un lado y otro las hileras de autos y al medio la gente amontonada en el puente, alguno había descubierto en una de las carpas a Albino y a Amanda con uno de sus hijos, el menor. Eran la mejor imagen para refutar al gobierno, que venía declarado que detrás de la revuelta había finalidades políticas. En efecto: ¿qué podían decir frente a esta familia? Un hombre, una mujer y un niño. Bastaba verlos, escucharlos: eran trabajadores, ex trabajadores ahora desocupados y olvidados. Eran una familia, con lo que resuena esa palabra en la historia de cada uno o en la denominación “Sagrada Familia de Nazaret”. Entonces era lógico, según Victoria. Era claro por qué la policía los había elegido para asestar el golpe. A mí me parecía difícil de creer, pero no quiero ocuparme de mis dudas sino de contar los hechos:
A poco de oscurecer, tres policías entraron a la vivienda por el patio y se llevaron a Albinito, el hijo más grande. Que fueron tres y que llegaron cuando estaba oscuro, lo supieron por los vecinos; que entraron por el patio era evidente, porque la puerta que daba a la calle, cerrada con llave, nunca había sido abierta. Una vecina fue corriendo al corte y les avisó. Cuando volvieron, la casa estaba como la habían dejado pero Albinito ya no estaba. Y no supieron nada más.
Si hubieran leído el diario del día siguiente, sin embargo, se habrían enterado. El secuestro fue publicado entre las noticias policiales. La nota no decía demasiado. Yo la encontré mucho después en el expediente del juzgado. Había unas cuantas cosas que llamaban la atención. La primera era la premura: ¿en qué momento los que se habían llevado al chico llegaron hasta la oficina de prensa de la Policía para contar lo que sabían y que después alguien lo escribiera y lo llevara hasta el diario? La noticia, previsiblemente, no dejaba entrever que pudiera tratarse de un apriete u otra forma de represalias. Lo que decía era que un vecinito había entrado al patio para buscar un cachorro, que se le había escapado, y vio a Albinito atado a la cama y sucio en su propia mierda. Los padres del vecinito avisaron y los policías se llevaron a Albinito. Estaba ahora siendo atendido en el hospital, seguía la nota, sin que pudiera saberse todavía su estado. Estos, los hechos; pero, además, alguien se había tomado el trabajo de contar una historia. Se usaban palabras como “desoladora condición del menor” y también se refería que los vecinos habían comentado que Albino y Amanda vivían de fiesta, venían hombres a tomar y permanecían toda la noche haciendo escándalo; y -lo peor- que a ella la habían visto vender la leche que proveían en el dispensario. Y en el remate, el redactor del parte policial había dejado constancia de que los tres policías que participaban en el operativo, hombres pretendidamente acostumbrados a todo género de cosas, en la oportunidad, sin embargo, no habían podido evitar unas lágrimas.
Victoria me pidió que los ayudara. Por mal que estuviera que cortaran las rutas, no podían quitarles los hijos. Tenía razón. Se había apoyado en el marco de la puerta. Dijo que me necesitaban y después, como si se hubiera arrepentido, agregó que ella misma necesitaría un abogado si llegaba a matar a los que tenía que matar. Pero enseguida de nuevo se puso seria y explicó que la policía les estaba quitando los hijos. Lo dijo como confesándose de pronto. Defendiéndome en forma instintiva, le exigí precisiones. “No sé bien todavía”, contestó. Volvió a la cocina y trajo la pava caliente. Mientras ponía yerba y acomodaba la bombilla, agregó -como si fuera lo último que tenía para decir- que en realidad había razones para sentirse mal. La noté abatida; escuché afuera el motor del último colectivo en un silencio repentino. “Ya veremos”, dije. Ella insistió. El gobierno estaba quitándoles los chicos. ¡¿Cómo podía ser?!
Llegué al puente de Belgrano luego de dar una vuelta absurda, porque me había confundido Victoria al decirme que las mujeres me esperarían en el piquete. Había cortes en todos lados y ocurre que hay un pueblo que se llama El Piquete, de modo que, al llegar a un cruce, en vez de seguir hacia Belgrano, doblé a la derecha por el camino hacia aquel pueblo. Cuando llegué, me llamó la atención la tranquilidad del mediodía: esas mujeres a quienes les estaban por quitar los hijos no podían vivir en ese pueblo. Era un lugar silencioso en unos valles verdes. Di varias vueltas, paré en la plaza con la puerta abierta para que -si estaban por ahí- pudieran acercarse, pero sólo se arrimaron dos o tres curiosos llenos de prevenciones. Recién entonces me di cuenta de que Victoria se había referido al piquete de la huelga. Las mujeres debían estar esperándome a esa misma hora en algún lugar de Belgrano; si es que estaban esperando, porque Victoria también me había advertido que ya las había atendido otro abogado. Cuando le dije que entonces no podía intervenir, ella volvió a pedirme que lo hiciera porque el otro había descartado que pudiera tratarse de una persecución política que era, justamente, de lo único que Victoria estaba segura. Lo había reiterado: “el apriete ahora pasa por los hijos”. Volví al cruce lo más rápido que pude y retomé el camino. Y, ya mucho más tarde de lo previsto, estuve apareciendo por la ruta que cruza Belgrano. Avanzaba despacio, fijándome en las personas que había a los costados. Nadie parecía estar esperándome. Cuando ya creía que las mujeres, seguramente cansadas de esperar, habrían vuelto a sus casas y venía preparando una excusa para Victoria, vi primero una mínima columna de humo sobre el cielo inmóvil y enseguida el piquete, a uno de los costados del puente. No había demasiados vehículos, apenas cuatro o cinco camiones. Estacioné y bajé un terraplén. Sobre el puente no había más que unos chicos en medio de troncos y piedras. La gente estaba abajo, en carpas de ramas y lonas. Lonas dispuestas formando tiendas de campaña, abiertas adelante y a los costados. Adentro, sentados sobre unos troncos, varios hombres. Sin acercarme, pregunté por Amanda y uno de ellos se movió a buscarla al fondo. Recién entonces miré alrededor: era la desolación. Sobre el pavimento había restos de gomas quemadas, a los costados se amontonaban ramas, latas y troncos. Al fondo, un círculo de piedras con unos palos humeando; y, entre las piedras, una olla tiznada, una parrilla hecha de alambres, algunos trapos. Hacía frío, los hombres tenían las manos en los bolsillos y los cuellos levantados. Llevaban unos gabanes demasiado grandes, negros de humo y tierra. Me acerqué. Entonces descubrí que no eran hombres sino chicos.
Amanda salió enseguida. Le dije que me mandaba Victoria y ella asintió y me pidió que la esperara y volvió adentro y enseguida salió con otra mujer. “Es Lucía”, dijo. Me corrí hacia unos troncos y les propuse que nos sentáramos. Estuvieron un momento más en silencio y yo temí que no quisieran hablar conmigo. Pero después Lucía contó lo que pasaba: apenas unas frases dichas en voz baja y casi sin mirarme. Amanda, en cambio, no dijo nada; permaneció solamente al lado, escuchando sin demasiada atención, cuando su problema era el más grave: ya la habían privado de su hijo.
Ya me iba y Lucía me preguntó si la recordaba. Le dije que no, aunque me resultaba familiar su rostro. Tenía un rostro agradable, incluso bello; de una belleza consistente, que había resistido la miseria. Me quedé mirándola con una sonrisa un poco estúpida: no podía recordarla. Entonces ella aclaró que era la que había estado haciendo huelga en el hall de la Legislatura, dos o tres años atrás. De todos modos no la pude recordar.
Volví esa noche a buscar a Victoria para contarle de Lucía y Amanda. Estaba sola; me hizo pasar y sacó la botella. Se acomodó en un sillón y estuvo tomando a sorbos. Le informé brevemente lo que había pasado y le pedí que me contara de las piqueteras. No dijo demasiado; apenas de dónde las conocía y cómo se había enterado de que les querían quitar los hijos. De lo que ella quería hablar era de los cortes. Su entusiasmo me asustó un poco; tenía toda una teoría sobre lo que estaba pasando. “Para los que mandan, una ruta es apenas la forma de llevarse algo; para los que viven en los costados, en cambio, es todo: es lo que les queda del mundo”. Sabía lo que ocurría en cada corte y, ya después de un buen rato, con el segundo o tercer vaso de vino, mencionó el del camino al aeropuerto y pareció titubear. Tomó aire y reconoció que se había perdido el orden; se llenó de gente que no tenía nada que ver –dijo-: curiosos, camioneros enojados que buscaban con quién discutir, largas filas de pasajeros que hacían trasbordo de colectivos. Y lo peor –dijo- fue que enseguida alguno trajo unas botellas. “Cuando volví era un desastre. Estaban diciéndose groserías. El que había quedado a cargo para que nadie tomara alcohol, era el más borracho. Para colmo, corría la versión de que habían impedido el paso de una ambulancia que llevaba una mujer embarazada que había perdido el bebé”.
-Vamos a buscar cigarrillos –dije, y salimos por el pasillo a oscuras.
Parecía abrumada. En la puerta, se detuvo a mirar hacia ambos lados. Aunque no era tarde, no había nadie en las calles. Soplaba la brisa seca de otoño. Se detuvo en una esquina, se volvió hacia mí y tomó aire, pero no dijo nada.
Ya de vuelta, en el pasillo hacia su puerta, intentó vanamente darse ánimos. Quería creer, a esa hora de la noche, que esa gente había recuperado la dignidad. Después dijo que quería acostarse porque tenía que trabajar temprano, pero que yo podía quedarme, acompañarla hasta que se durmiera. La seguí y vi cómo se metía en cama vestida y se desnudaba bajo las colchas. Me senté en una pequeña silla, un poco desconcertado; ella había dicho que podía acostarme, corriéndose para hacerme lugar. Me dejé caer sobre las colchas; ella se acomodó de espaldas y le pasé un brazo sobre los hombros. Y después estuve quieto en el cuarto en penumbras, también agotado. Cuando su respiración se hizo lenta y profunda, me levanté y salí dejando la puerta cerrada. Había refrescado y las luces de las calles se agitaban sacudidas por el viento.

El Tribunal de Familia tenía un pasillo casi tan estrecho como el de un tren, con pisos de madera gastada; a los costados se ubicaban los despachos y se acumulaban los papeles de la gente. Encontré enseguida a Lucía y a Amanda en el patio. Les pregunté cómo estaban. Las cosas se habían complicado para Lucía: la policía había descubierto dónde ocultaba sus hijos; dos agentes habían estado rondando y entonces ella tuvo que dejarlos con unos vecinos. Estaba muy asustada: seguramente los iban a encontrar. No supe qué decir. Enseguida llegó Victoria. Me había dicho que no sabía si podría venir. Me tranquilizó verla. Preguntó qué pasaba. Recién entonces habló Amanda. Después de escuchar a Lucía y una vez que estuvo Victoria a nuestro lado, dijo que a ella ya le habían quitado su hijo. No dijo nada más. Creyendo que la ayudaba a expresarse, Victoria aclaró que los policías habían entrado cuando ella estaba en el corte y se habían llevado un bebé. Amanda asintió y después comenzó un llanto seco y silencioso.
Entramos a la Defensoría de Menores, donde enseguida nos atendió la Defensora. Me hizo pasar solo. Estaba parada en el otro extremo del despacho mirando por la ventana; me acerqué y ella reaccionó como si se sorprendiera de verme y preguntó en qué podía servirme; pero cuando intenté responder, me interrumpió: ella ya sabía por qué yo estaba ahí. Acomodándose en el sillón, señaló dos veces que había preguntado por las mismas mujeres otro abogado. Dije que podíamos intervenir los dos, pero ella siguió insistiendo: ya le había explicado toda la situación a otro abogado. Al final tuve que decirle que las mujeres estaban conmigo: podía hablar con ellas si quería. La Defensora admitió: "está bien, doctor". Sólo quiso hablar de Lucía. Para mí fue una confirmación. Si se encontraba también Lucía amenazada, podía tratarse de una maniobra del gobierno. Una política.
La Defensora se negó a informar sobre el caso de Amanda, aduciendo que ya estaba para que lo resolviera el juez; repetí que quería saber qué sucedía con el hijo de Amanda, por lo menos que me dijeran dónde y cómo estaba, y la defensora me pidió que no insistiera.
Cuando entró Lucía, la Defensora le demostró que conocía su situación y que tenía algunas cosas que decir. Su charla giró en torno a lo que denominaba madre abandónica. Lucía pareció perder el coraje; se había parado muy derecha al entrar y entonces dobló los hombros. La Defensora abrió un expediente y comentó que tenía varios informes que indicaban que los chicos estaban en riesgo. Finalmente, Lucía pudo hablar y, en tres párrafos, explicó que ella jamás abandonaría a sus hijos porque ella misma había sido abandonada y había tenido que vivir en un internado y sabía lo que era; dijo, además, que se había quedado sin trabajo al ser despedida de la municipalidad y que sus únicos ingresos eran cincuenta pesos que ganaba lavando ropa; y por último, admitió que sus hijos quedaban solos cuando ella salía pero que su hija de doce años se ocupaba de los chiquitos. Y quedó en silencio. Me miró y la vi tranquila.
Volvió a hablar la Defensora. Dijo que había recibido una denuncia de la escuela. "Es verdad -interrumpió Lucía- que el más chiquito tiene inmadurez porque lo único que le interesa es jugar, pero ninguno está enfermo”. La Defensora se quedó mirándola, aparentemente cansada o sin saber qué hacer. Después le preguntó -ya con algo de ternura- por qué no llevaba los chicos a la guardería de la municipalidad.
-Solamente dejan entrar a la gente del intendente. Los que salen con el bombo. A mí no; hay alguien en la puerta que te dice: vos no.
Recién entonces, al darse cuenta de que había pasado el peligro, Lucía recordó la situación en que se encontraba y, hablando de nuevo de su hija mayor, intentó explicar su ternura: “ha tenido que aprender a ser madre antes de ser mujer. Me acompaña cuando salgo a comprar y me ayuda a que gastemos mejor los cincuenta pesos. Preguntamos precios y ella anota como le han enseñado en la escuela”. Yo ya me sentía cómodo en esa defensa. Esa mujer, que había decidido salir a la ruta, no había podido, sin embargo, resistir su amor por esa chiquita, su propia hija, que con sólo doce años ya se había hecho cargo de sí misma y hacía también de madre de sus hermanitos y acompañaba y protegía a su propia madre.
Enseguida, la Defensora dijo que haría un acta y que después vería qué decidir.
En el pasillo esperaba Amanda. No había podido averiguar nada, aclaré. Me presentó a un hombre que estaba a su lado. Yo no había reparado en él. Era Albino, el padre del chiquito. Era casi como si no estuviera ahí: se mantenía detrás en una actitud de máxima impotencia. Enseguida me di cuenta de que el chiquito que se había llevado la Policía, no llevaba su apellido: se llamaba Albino como él pero tenía el apellido de la madre. Creí, entonces, que se habría negado a reconocerlo. Estaban mirándome. Lo mismo que Victoria. Expliqué que la Defensora no había querido informar sobre Albinito. Yo intentaría averiguar –dije-. Pedí hablar con el juez, pero no estaba. Victoria me había seguido y me miraba para que hiciera algo. Pregunté si alguien podía saber de la situación y mencionaron a una asistente social. Tampoco estaba pero volvería enseguida. Estuvimos esperándola en el pasillo. Ya era media mañana y estaba lleno de gente, la mayoría mujeres, algunas con bebés en brazos. Cada tanto, la policía traía a un esposado a quien se le otorgaba el dudoso privilegio de no tener que esperar. Cuando llegó la asistente social, me alegró descubrir que nos conocíamos. La saludé y le pregunté sobre el caso de Amanda. Se puso seria y me hizo entrar a un despacho diminuto. Victoria intentó seguirme pero la asistente le dijo que sólo hablaría conmigo. Victoria levantó las cejas entre sorprendida y crispada.
“Hay algo con este caso”, murmuró. Dije que ya sabía que dependía del juez, sólo estaba buscando información: quién y por qué había dispuesto el secuestro y dónde tenían al niño. Como ella siguió dudando, argumenté, ya con énfasis, que la madre tenía derecho a saber. Recién entonces me confió que era un caso muy grave porque el chiquito debía tener alguna disminución mental y no le habían hecho ningún tipo de estimulación y porque además estaba muy desnutrido. Hablaba con paciencia pero con mucha firmeza, incluso con algo de furia. Insistí: la madre tenía derecho a saber. Tomó aire y agregó que los vecinos lo habían escuchado llorar y llorar y habían avisado a la policía. “Para colmo, la madre tiene el antecedente –agregó- de ya haberlo abandonado antes”.
Salí de la oficina y bajamos a la calle. Conté lo que había escuchado. Amanda, entonces, contó algo de lo que había pasado. Había dejado al chiquito con el hermano de ocho años y el hermanito se había ido a jugar a la pelota –eso dijo-, pero –aclaró- cuando salió, el bebé no estaba llorando. Era apenas un mínimo: la versión de un hermanito de ocho años. Albino parecía no tener nada que agregar. Les dije que intentaría comunicarme con el juez y les avisaría. Nos despedimos en la puerta.
Acerqué a Victoria a su trabajo. Cruzábamos la ciudad. Era cerca del mediodía, las calles estaban llenas. Victoria debió haber notado mis dudas y quiso insistir en que se trataba de una persecución. Era demasiada casualidad, dijo: justo dos mujeres del grupo de piqueteros. “Además a Amanda y Albino los conocen todos porque eran la única familia que había en el corte. Los demás eran chicos o viejos”. Llegamos a su trabajo y se despidió.

Estuve viendo televisión; imágenes de gomas humeando, palos atravesados y piqueteros con los rostros cubiertos. “Queremos trabajo, no limosna”, decían. Los cortes se multiplicaban y parecía que no había forma de ir a ningún lado.
A la siesta sonó el timbre. De nuevo Victoria. Tenía un diario en las manos y se indignaba con cada cosa que leía. Nos sentamos en la cocina; ella quería leerme una nota que le habían hecho a un cura: “Cristo está con los sencillos, con los que penan, con los explotados”. Ésa era la verdadera iglesia, dijo. Enseguida se incorporó, llegaría tarde al trabajo. “Ocurre que no conocen nuestra integridad”, agregó exaltada y se despidió.

No pude hablar esa tarde con el juez pero sí con la secretaria. Ella había intervenido en el caso. Explicó que el juez había pedido algunos informes y la historia clínica y que iba a fijar una audiencia. Estábamos en la vereda y hacía frío. Tampoco quería hablar. Pero yo tenía que obtener información. Le dije que los padres estaban desesperados. Insistió en que habría una audiencia. Yo también insistí: quería saber dónde estaba el chiquito; y cómo estaba. Me miró con un gesto de incredulidad, como si yo hubiera dicho la estupidez más grande de todos los tiempos, y dijo: “¡vamos...!”. Me sorprendió su sarcasmo. Confusamente, comencé a decir que Amanda estaba muy preocupada.
-¿Sabe qué pasa? –interrumpió-: usted debe pensar que es el único caso, pero aquí estamos cansados. Y no es tema de clases sociales o de dinero, porque hay pobres y ricos. Ya se va a enterar. Algunas madres abandonan a sus hijos; eso es todo, doctor. El chiquito está en el hospital Soria. Dígale eso, doctor.
Me conformé pensando que había averiguado algo. Hablé por teléfono con Victoria y le dije en dónde estaba el bebé.

Quedamos en encontrarnos en un restaurante cerca de su oficina. Salí del estudio ya cerca de las nueve y fui caminando. En el lugar hacía calor. Victoria no había llegado. Me acomodé cerca de la puerta, frente a un televisor donde pasaban una telenovela. Cuando llegó Victoria, le propuse que nos sentáramos lejos del televisor; se acomodó y me preguntó qué había averiguado. El problema era Amanda, quise poner en claro, pero no tenía más que unos pedazos de su historia. Victoria tampoco la conocía demasiado.
-No lo puedo comprender –dijo-. Es como si estuvieran empecinados en pasar justamente por Belgrano. En los demás caminos, mucho más transitados, no hay tanta presión.
Le conté lo que me había dicho la secretaria sobre Amanda. Se puso seria y primero replicó que la doctora que había atendido al chiquito había dicho que el grado de desnutrición era común. Y después contó del encuentro de Amanda con su hijito en el hospital. “¡Qué alegría la de esa criatura!”. Victoria dijo que no tenía palabras para contarlo. No la habían dejado entrar, pero pudo ver desde la puerta cómo Albinito levantaba las manos para que su mamá lo alzara.
Comimos. Ahora en el televisor pasaban un partido de golf que nadie veía. Victoria seguía llena de teorías. Decía que los desocupados habían encontrado “poesía”. Esto sería la poesía: ya no estaban aislados, sin nada que hacer, con vergüenza de que así los vieran sus mujeres y sus hijos. Después miró el reloj, eran las diez y media. Tenía que irse pero antes insistió con la persecución del gobierno. Ya con un poco de vino encima, me animé a decirle: “es improbable”. Victoria se puso seria y aclaró: “sin embargo, si llega a ser cierto que les quitan los chicos para sacarlas del corte, vas a tener que hacer algo”.

Llegué al departamento y me tiré en la cama. Cansado. Pero ya esos días no volvería a descansar. Sonó enseguida el teléfono. Era Victoria. Venía de hablar con Amanda: parecía que al chiquito lo estaban por sacar del hospital. Le dije que al día siguiente, aunque fuera domingo, trataría de averiguar. Lo que quería Victoria era saber si era legal que pudieran llevárselo. Medio dormido no supe qué decirle; insistí: no sabía nada; podía tratarse de alguno de los informes que estaba pidiendo el juez; sólo eso.
-Entonces lo pueden llevar -entendió ella, indignada.
“No”. Dije “no” varias veces. Antes de cortar, dijo que en el hospital no habían dejado que Amanda pudiera verlo y, de nuevo, no supe qué contestar. “Mañana averiguo”.

El domingo encontré el teléfono de la secretaria en la guía; me atendió ella misma y le pregunté qué pasaba. Le molestaba que la llamara un domingo y no hacía nada por disimularlo. Cuando escuchó la versión del traslado del chiquito, se puso de malhumor. Dijo que alguien estaba intentando confundir las cosas. “Esto no tiene nada que ver con la política, doctor”, agregó en tono de reproche.
Fui después a buscar a Victoria. No estaba. Cuando comenzó a oscurecer la busqué de nuevo. No había vuelto. Pero a medianoche sonó el teléfono. “Citaron a Amanda”, contó apresurada. Tenían que estar a las nueve de la mañana y habían viajado esa misma noche para llegar a tiempo. Después me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que estaba en cama.
-Paso un momento –contestó. Y, antes de cortar, agregó: “pobres los pobres: tener que venir un día antes y pasar la noche ni sé dónde y con el frío que hace”.
Llegó en unos minutos; los chicos estaban con su padre, aclaró; se sacó un sobretodo y se acercó a una estufa. “Estoy muerta...”, dijo, mientras se frotaba las manos. Quiso ella esa noche contarme quién era. Habló de organizaciones laicas y de tareas sociales, comedores infantiles y programas. Enumeraba una actividad tras otra y todavía después decía: “hay que hacer algo”, como si todo no fuera nada. Se fue enseguida, tenía que buscar a los chicos, y me quedé solo y estuve pensando. Me daba cuenta de que estaba atrapado; no tanto por su desesperación por ayudar, como por mi propia vanidad, el deseo de ser ahora el hombre que Victoria quería que yo fuera.

A las nueve estuve en el juzgado; ya habían llegado Albino y Amanda con otro de sus hijitos. Como el juez recién nos atendió a las diez, tuve tiempo de hablar con la psicóloga. Se llamaba Catalina; era una mujer joven que aparentaba inteligencia. Me recibió con una sonrisa. Cuando le conté a qué había ido, cambió de actitud.
-El problema no es la desocupación –dijo, tomando distancia-; hay algo más. Es un chiquito que tiene caídas al hospital por desnutrición, no camina ni habla. Abandonó dos veces el tratamiento.
Su interpretación -como la de todos- era que en Amanda había algo más que la pura impotencia de la miseria: que había falta de amor. “Uno no sabe lo que haría en su situación”, le dije. Ni me escuchó: había madres en buenas posiciones que no se ocupaban y otras que, en cambio, sin nada o con casi nada, cuidaban, daban de comer y mandaban a los chicos a la escuela. “A mí, al principio –agregó-, me llenaba de angustia porque era nueva. Hasta que el juez me dijo una cosa que me dejó pensando: no son madres, por más que hayan tenido hijos”. No quise seguir escuchando. Ella debió haber tomado mi impotencia como alguna forma de conformidad y entonces insistió: “son peores que animales. Hay que ver cómo una perra defiende a sus cachorros...”.

Al salir encontré a Victoria. Aunque todavía no sabía nada, ya estaba exaltada. “¿Qué pasa?, ¿qué dicen ahora?”. Busqué la mirada de Amanda. Ella y Albino habían conseguido espacio en la punta de un banco lleno de gente. Me fijé en el otro hijo, el que habían traído, intentando descubrir si Amanda era la madre que ahí describían. Tenía apenas un año más que el que estaba internado y se lo veía saludable; se había escapado y jugaba cruzando el mostrador que separaba a los empleados de la gente. Me acerqué y pregunté directamente: “¿es verdad que lo abandonaron antes?”. Victoria hizo un gesto de fastidio. Mantuve, sin embargo, la pregunta. Amanda dijo que la vez anterior no había abandonado al chiquito, y comenzó a sollozar. Le pedí que se calmara. Se me acercó, como si tuviera que decir algo vergonzoso, y contó que cuando nació Albinito estuvo enferma. “Tenía una infección en la matriz y no podía caminar”. Recién veintisiete días después del parto había podido dejar el hospital. Me alegró que no fuera cierto lo del abandono anterior, pero al mismo tiempo sentí el peso de lo que había escuchado; era como si a cada momento me internara en un mundo demasiado triste.

La secretaria sacó el expediente de un armario y me pidió que leyera el informe del hospital. Ni bien comencé a leer, el juez, que entraba y salía por donde estábamos, se detuvo y dijo: “doctor, quiero que vea las actuaciones...”. Enseguida, sin embargo, me hizo pasar a su oficina. “Que vengan sus clientes”. Llamé a Amanda y a Albino; Victoria preguntó si podía entrar, le dije que no. Les advertí que, seguramente, preguntaría por el abandono anterior. Amanda me tomó del brazo. De nuevo muy cerca, para que nadie pudiera oír, puntualizó que el chiquito nació con cinco meses. Hizo un esfuerzo para seguir y, como dándose por vencida, hizo un gesto a Albino para que se acercara. Cuando Albino estuvo cerca, agregó, mirándolo –como para que confirmara lo que ella decía-, que era un chiquito rebelde: si no le daban justo lo que quería, se tiraba al suelo. Albino no dijo nada.
El juez atendía en un despacho diminuto. Junto a la fiscal, la secretaria y una empleada que tomaba notas. Había montado una audiencia, lo que daba cuenta de que le asignaba importancia al momento. Esperó que nos termináramos de ubicar y después explicó que nos había citado por el pedido de entrega del menor; antes de resolver, tenía que conocer a los padres. No dijo nada más. Amanda se volvió para mirarme. Dije, para que empezara, que estaba muy mal desde que les habían quitado el hijito. Le pedí que contara y ella tomó aire y explicó, en apenas un murmullo, que el día que se llevaron al chico ella estaba en el corte para que les dieran trabajo y se volvió a callar, como si eso fuera todo lo que podía decir.
-No es lo que interesa –declaró el juez-, sino lo que ha pasado antes.
Amanda, ya amedrentada, intentó contar lo del parto y posterior enfermedad, pero la interrumpió la fiscal: “no por enfermarse va a dejar que el chiquito muera de hambre”. Amanda enmudeció. Yo me adelanté y expliqué lo que sabía. La fiscal aclaró que era con Amanda que quería hablar. No conmigo. Después se volvió hacia Albino y preguntó:
-¿Y usted por qué no ha reconocido al chico?
Albino dijo que cuando nació, él no estaba, había ido a trabajar a la cosecha, y que, al volver, quiso reconocerlo pero en el registro civil le quisieron cobrar una multa de ochenta pesos. “Ya fuimos al registro civil y nos hicieron firmar un acta. Pero el apellido recién lo va a tener con el documento”.
La fiscal era una flaca elegante, fea y llena de énfasis. Comenzó a interrogar a Amanda, para ver si mentía. Amanda ahora estaba sentada derecha al lado de la fiscal y hablaba en forma pausada. Me sorprendió un poco. Hablaba con algo más que resignación, con quietud; y otra cosa llamaba la atención: su compostura, para decirlo en el lenguaje forense. El juez, al fin, se paró y dijo: “es suficiente; van a ser notificados”. Esperé a que salieran los demás y apoyé una mano sobre la cabeza del chiquito para llevarlo afuera. Ya sabía que nos había ido mal. Antes de entrar ya nos había ido mal. Todo era inútil, no importaba lo que se pudiera decir.
Victoria preguntó cómo nos había ido en la audiencia; le contesté que no sabía. Ella igual dijo: “¡qué suerte!”. Recién entonces me di cuenta de que tenía un gesto contrariado. Esa mañana en Belgrano –explicó- se había acercado un grupo de gendarmes, unos treinta soldados, y les leyeron una intimación del juez federal: indefectiblemente tenían que desalojar la ruta. Les habían dado plazo hasta las seis de la tarde. “Hasta las seis –remarcó-. Si no, seremos detenidos por los delitos de obstrucción y motín; algo así”.
                  Un poco abrumado, pasé entre la gente hasta un patio. Quería un poco de aire. Pero Albino, que me había seguido, sosteniendo a su nene del brazo, se paró delante mío. “¡Tantos chicos que andan pidiendo sin que le importe a nadie! ¡Y a nosotros quieren quitarnos los hijos...!”. Me apoyé sobre una mesa de mampostería y acomodé unos papeles en el portafolio. Sin saber qué decirle. No podía soportar que esos funcionarios desenfrenados y estúpidos pudieran tener razón. Estábamos en un patio al que no tenía que salir la gente. El chiquito tironeaba a Albino; me daba cuenta de que él era el que se ocupaba del chiquito; Amanda seguía adentro con Victoria. Me sentía, más que preocupado, triste.
Firmamos un acta que no decía casi nada, apenas que habíamos estado; salimos. Había una multitud a esa hora, todos pobres, mujeres, la mayoría. En la puerta nos detuvimos. Me hice a un costado y los llamé. Quería decirles que vería el expediente y que teníamos que mantenernos en contacto. Pero yo quería también saber. Le pregunté a Amanda por qué había abandonado los tratamientos que le habían dado para su hijito y entonces escuché, sin entender, lo único que tendría que haber entendido, porque era, justamente, lo que cambiaba. Repito las palabras tan fielmente como puedo:
-Se había aicado y entonces lo llevé al matadero a hacerlo pancear; parecía curado, pero después volvió a ponerse flaquito.
Pensé que, tal vez, había pronunciado mal. Podía haber querido decir alicaído y había dicho aicado. No había entendido aicado o pancear, pero si matadero y me dominó una mala impresión. No quería saber ya nada más de ese mundo donde todo era imposible.
Debo haber balbuceado algo, sin embargo, alguna duda, porque Amanda dijo algo más, una aclaración, aunque yo entonces no pude relacionarla con lo anterior. Contó que andaba caminando por una ruta con el embarazo de varios meses y pasó al lado de un perro muerto, tirado en la banquina, y justificándose –aparentemente- agregó que no lo había visto porque estaba entre los yuyos. Además, agregó, apenas sintió el mal olor se alejó sin respirar; no creyó que pudiera pasar nada.
Un perro muerto, ¿qué podía tener que ver? No entendía nada. Y así fue como me perdí lo que había para ser entendido. Sólo mucho después, ya demasiado tarde, podría comprender.

Comí a las apuradas y me tiré a descansar. Prendí, después, el televisor. Seguían las imágenes de los piquetes. Entre nubes de humo y ramas amontonadas y piedras, caminaban jóvenes, mujeres, hombres. Las cabezas o los rostros cubiertos con pañuelos. El camarógrafo se acercaba. Un hombre joven, mirando a la cámara, gritaba: “¡¿dónde están los del gobierno, que lo único que hacen es calentar la silla los trescientos días del año?!”. Ya había hablado pero lo seguían filmando. La cámara, después, se detenía en los camiones; hacían una larga fila; la mayoría sobre el asfalto, pero también había en las cunetas.
Cerré los ojos y así estuve –adormecido pero sin dormir- una hora o dos. Después fui al estudio y estuve intentando acomodar unos papeles; pero quería salir, sin saber a qué. Supongo que a buscar a Victoria. No a buscarla, a ver simplemente si la encontraba. Como fuera, enseguida recorría el camino. La provincia estaba irreconocible, las calles y los caminos vacíos; parecía un fin de semana. Crucé una camioneta que llevaba en la caja un grupo de diez o doce hombres. Yo iba a Belgrano. No sabía a qué. Serían las seis de la tarde. Enseguida encontré humo en el cielo y el amontonamiento de camiones; dejé el auto y seguí a pie. Los camioneros estaban exasperados. Iban y venían, conversaban nerviosos, hacían sonar bocinas o gritaban. Yo iba de corbata y con el saquito de invierno; debía parecer un estúpido. Me quedé a mirar a los que estaban en el corte, no eran demasiados; no se veía a Victoria. Pregunté por Albino. Un hombre me miró como si no lo conociera y después hizo un gesto vago con el mentón hacia delante y yo seguí en la dirección que me había indicado. Dejé el corte; ingresé a las calles de Belgrano. Me detuve enseguida en una verja de plantas. Había gente afuera, vecinos, mujeres, viejos y chicos del vecindario. Serios y silenciosos. Tuve que agacharme para atravesar las plantas. Miré los rostros. Había muchos ancianos; y mujeres quietas y en silencio. Caminé un rato más, por callecitas tortuosas, estrechas y cubiertas de charcos. No estaba Victoria; tampoco Lucía o Amanda.
Al volver, me detuve en el corte. Sabía que habían sido intimados a desalojar la ruta antes de las seis. Victoria me había dicho que sólo se quedarían los hombres y algunos muchachos; los chicos, las mujeres y los ancianos se irían. Cuando pasé, sin embargo, ya casi a las siete, encontré más gente que durante todo el día. Había mujeres; y también ancianos y una muchedumbre de chicos. Muchos llevaban palos. Oscurecía.
Uno de los camioneros encendió el motor y puso luces de posición. Estuvo esperando. Me detuve a ver qué pasaba. En el corte había muchas personas y también piedras, ramas, gomas; habría sido una barbaridad intentar pasar. Pero igual puso el camión sobre el asfalto y fue despacio hacia adelante. Se paró frente a unos piqueteros que salían a interceptarlo y comenzó a sonar la bocina con furia. Los que estaban en los otros camiones se acercaron a ver qué pasaba; también unos policías que había más allá de los camiones. Después, unos bocinazos largos; cuatro piqueteros se subieron a los estribos del camión y comenzaron a golpear los vidrios. El camionero siguió con la bocina como si nada hasta que uno rajó el parabrisas con un palo enorme. El camionero soltó la bocina. Tenía el motor encendido y tocó dos o tres veces el acelerador como si estuviera por moverse. Comenzaron a tirar piedras a los vidrios; se rompió el del lado del acompañante y el hombre apagó el motor. Se hizo un silencio como de tragedia; acaso eso lo salvó. Hubiera bastado que cualquiera tomara la iniciativa para que lo despedazaran. Pero los piqueteros se retiraron y el hombre bajó también y se alejó caminando. Era un hombre muy gordo, tenía el pelo revuelto y un rostro brillante de transpiración.
Y anduve caminando a un costado de la caravana detenida. Era como si el camino hubiera sido borrado del paisaje: la naturaleza había recuperado su inmovilidad. Camiones enormes, colectivos, autos grandes y chicos, habían ido a detenerse mansamente. Yo iba entre la gente, al mismo paso que los demás, como si todos tuviéramos todo el tiempo del mundo. La línea se extendía sobre el valle. Ya la dejaba atrás. Cuando uno se entera por los diarios o la televisión cree que las cosas son más claras, que los camioneros están de un lado y los piqueteros del otro. Pero los piqueteros iban y venían, recorrían lentamente la línea de camiones detenidos y miraban y eran mirados; y los camioneros también pasaban caminando las barreras y se mezclaban entre los piqueteros. Y podían ocurrir roces.

Estuve esa noche pensando en la falta de contacto de Amanda con el bebé. Podía estar haciendo que ella recuperara un hijo que a su lado no tendría destino. Cené y fui al Molino. A esa hora iba un psicólogo llamado Balbín que siempre me había parecido un fracasado. Balbín estaba jugando en una de las mesas. Le dije que tomara una cerveza conmigo; que quería hacerle una consulta. Cuando terminó de jugar, se sentó delante, y yo, en unas pocas palabras, le dije lo que pude.
-Hacen bien de sacarle el chico –dijo-. Esa mujer no lo quiere –calculó-.
Me sentí contrariado y después intenté excusarme, proponiendo que, acaso, no había sabido explicarme. “¿Qué puede saber ella de estimulación? Ni yo sé lo que es la estimulación”.
-Lo que ocurre es que se trata de un cuidado elemental: hablarle, tocarlo; estimular no es nada más. No hay por qué suponer que por el hecho de ser la madre tiene que quererlo.
-¿Y la situación social? –propuse-.
-Puede pedir leche en el hospital; y si no le dan, trabaja, se hace prostituta o roba; eso hace una madre.
Había comenzado a lloviznar. Me quedé mirando las luces de los autos ya sin hablar. Pero cuando estaba por irme, tratando de salvar alguna certeza, le comenté la escena -que me había contado Victoria- de cuando se reencontraron Amanda y el Albinito en el hospital. Balbín dudó, pero enseguida supo qué decir:
-Vos también te mostrarías contento si tuvieras que enfrentarte con alguien que te puede matar.
Y después agregó con desinterés: “no hay anticoncepción; no pueden evitar tener hijos. Entonces los tienen y los abandonan. ¿Qué más podrían hacer?”.

Victoria entró a mi departamento. Yo tenía un vino y llené dos copas. No me asombraba tanto no saber quién era ella sino desconocerme a mí mismo. Yo venía de hablar con Balbín y quería contarle mis dudas sobre Amanda. Pero no hice nada de eso. No importa si había sido transformado o si sólo me afectaba la intimidad de la noche, lo que cuenta es ese instante siempre maravilloso en que Victoria estuvo respirando agitada con el rostro cubierto por el pelo; y después se dejó caer a un costado y encendió a tientas un cigarrillo.
Cuando se hizo tarde, quise recuperar alguna objetividad. Tomé con ambas manos su rostro para que tuviera que mirarme y dije que todos ellos, ella misma, no estaban tomando en cuenta la represión; y dije, también, que la represión era inminente. Ella se soltó para no tener que mirarme y contestó que no había que preocuparse.
-A mí no me preocupa –reaccioné-; o sólo me preocupa por vos.
-El corte no es ni tuyo ni mío; es de los que están en la ruta; ellos sabrán.
Por momentos, su discurso me parecía ridículo; pero enseguida algo me conmovía. Recuerdo algunos instantes, algunas frases, como si la estuviera viendo. Un momento, por ejemplo, en que se paró en la ventana contra la luz de la calle y comenzó a enumerar: “mujeres, desocupados, ancianos, jóvenes, niños...”. No sé si yo estaba de verdad preocupado o sólo quería protegerla de su pasión. Dije que había que esperar lo peor. “¡Está todo tan claro…!”, contestó. Ella había visto –agregó- cómo la gente dejaba pasar ambulancias, colectivos escolares, el auto con los curas.
Amanecía ya cuando se fue Victoria y sonó el despertador apenas una hora más tarde. Cuando me resignaba a despertar, escuché la noticia: los piqueteros habían matado a un camionero; un chaqueño que, aparentemente, había querido enfrentarlos. La versión era que había llegado muerto al hospital. Estuve escuchando. En la madrugada, la gendarmería había comenzado la represión y para la hora que era, pasadas las ocho, los piqueteros habían sido desalojados del camino. En el televisor pasaban “imágenes sin editar” de gendarmes entre nubes de gases disparando hacia los costados del camino. Eran, sin embargo, imágenes casi estáticas. Por largos minutos, no se veía otra cosa que el grupo de gendarmes quietos.
Puse a calentar agua. No decían nada de un camionero muerto pero, después, una periodista, desde estudios, informó que corría la versión, todavía no confirmada, de que el camionero no había muerto sino que había entrado al hospital por una descompostura luego de un altercado con los piqueteros. Ahora se veía imágenes de piquetes: eran chicos que tiraban con hondas, hacia detrás de las nubes de gases; se cubrían en unos pozos a un costado del camino. Había también un hombre mayor, bastante gordo, que permanecía erguido, completamente expuesto a las balas.
Después me contaron. Pasadas las cuatro de la madrugada, los gendarmes comenzaron a llegar en camiones y se fueron acomodando a unos trescientos metros del corte. Poco antes del amanecer, comenzó a moverse la primera línea. Los piqueteros, en la oscuridad, contestaron con una pedrea. Cuando los gendarmes estuvieron más cerca, dispararon gases; los proyectiles llegaron serpenteando sobre el pavimento y quedaron entre la multitud; y subió una nube amarilla. Los piqueteros cayeron en el caos. Algunos acometieron ciegamente hacia delante y fueron detenidos por las balas de goma. Otros se tiraron con el rostro contra el suelo y así permanecieron, protegiéndose la cabeza con los brazos; y había, también, otros que estaban tan descompuestos que no podían reaccionar; los más, sin embargo, consiguieron escapar a los costados y desde ahí siguieron lanzando piedras.
Bajé caminando por el costado de la terminal de ómnibus. La gente comenzaba como todos los días; hombres y mujeres arreglaban pequeños puestos, acomodaban lonas, sacaban baratijas de bolsas, ubicaban cartones con precios. Una multitud de vendedores ofrecía todo tipo de cosas arriba de mesitas plegables o mantas en las veredas. Yo caminaba todavía hipnotizado por las imágenes de la represión.
Pasé por mi oficina y seguí al juzgado. Era una mañana luminosa; desde el puente Bolivia se veían los cerros de Belgrano bajo el cielo. Pasé entre la muchedumbre del hall del juzgado y pedí el expediente de Amanda. Y me puse a leer. El expediente decía algunas cosas terribles. Ya en las primeras hojas, una psicóloga informaba que el chiquito sufría “un retraso” y que, a pesar de las prescripciones y recomendaciones, la madre no lo había llevado a continuar un tratamiento. “En el período de internación hubo progresos –agregaba-, empezó a caminar y a decir algunas cosas; pero unos meses después, cuando lo volvieron a ver, ya llevado por la policía, estaba peor. De nuevo no caminaba ni hablaba”. Había también declaraciones de vecinos recogidas por una asistente social. Los chicos estaban solos todo el día y algunas veces los padres los mandaban a pedir; además, habían visto a Amanda vendiendo la leche que daban en el hospital. Yo podía pensar como abogado. El expediente había sido llevado de cualquier forma, las pruebas se habían juntado sin respetar las normas y sin notificar. Todo podía ser anulado. Igual estaba afligido: todo podía ser cierto.
Después supe que esa mañana Amanda había sido rodeada por gendarmes junto a unas veinte personas, la mayoría mujeres. Esta es la versión de Victoria, claro. Los soldados esperaron refuerzos y cuando ya eran muchos más que las mujeres, procuraron arrastrarlas a un camión para presos. Al principio pareció que ellas se dejarían llevar, pero enseguida empezó una, y después todas, a defenderse con patadas y chillidos; también se aferraban unas a otras. Los gendarmes comenzaron a golpearlas con bastones. Una, entonces, se levantó la camisa dejando al aire los pechos. Lo mismo otras. Los gendarmes se detuvieron. Una chica joven llegó del costado del camino y sin nada, con las manos y los pies descalzos, intentó inútilmente golpear los escudos o arañar rostros cubiertos con viseras. Inevitablemente, los soldados lograron tomarla de los brazos, reducir sus movimientos, dejarla quieta; y ella, entonces, separada del resto de las mujeres y sin fuerzas, se dejó caer sobre el camino. Comenzaron a arrastrarla. Otros que estaban al costado acometieron con palos y piedras, sorprendiendo a los soldados, que liberaron a la chica. Amanda, entonces, según Victoria me contó después, dio unos pasos adelante, se levantó la remera y mostrando también los pechos gritó a los soldados: “¡somos mujeres, igual que las madres que los parieron!”.
Conseguí una libreta y volví al juzgado, empecinado en tomar los datos del expediente; pero la secretaría ya no estaba, había entrado a una audiencia; y tuve que esperar. Me apoyé en un mostrador. Me llamaba la atención la cantidad de mujeres con bebés y tuve una sensación como de ganado humano. ¿Qué tenían que justificar en ese lugar? Iban a probarse aptas para la alimentación y los cuidados que son debidos al ganado humano. Una empleada me comentó: “es raro que vengan abogados”. Después dijo que sabía que yo andaba por el chico de la piquetera. Así dijo. Me di cuenta de que era un reproche. Le hice alguna reflexión general sobre la pobreza, buscando una justificación –supongo- para mi presencia; y ella ya no pudo resistirse y señaló que no se trataba de la pobreza. Quería hablar. No pude decir nada más. Tampoco quería escuchar más. Me alejé y me paré al lado de la puerta de la secretaria.

La secretaria me alcanzó el expediente con desgano. Me senté en un rincón a leer. Para colmo, tuve que encontrarme con el abogado que había hablado primero con las piqueteras. No éramos amigos pero se acercó y sacó el tema. Estuvo como dudando si decir o no lo que pensaba; al final se decidió: “la había denunciado la asistente social de la escuela; no era una cuestión política”. No quería polemizar pero, en voz baja, dije que la política podía tener que ver. Con pretendida ironía, contestó: “lo que es seguro es que no la van a elegir la madre del año...”.
No dije nada. Cuando se alejó, pensé en Albino: ¡lo había visto comportarse tan bien con su hijito...! Leyendo las actuaciones, descubría que no importaba. Nadie se había preguntado qué haría el padre. Se echaba la culpa a Amanda; el padre podía hacer lo que quisiera. Tenía que haber un culpable. A eso apuntaba cada uno de los informes. Alguien debía ser responsable de esa criatura sola en el fondo de una casa miserable.

Al mediodía encendí el televisor. Ya todo era diferente. Ahora las imágenes mostraban un gendarme herido que llevaban colgado de los hombros; luego, un grupo de soldados corriendo a esconderse detrás de un camión. No podía entenderlo. El televisor estaba casi en silencio, sin otro sonido que el de la respiración agitada del locutor. Un camión de gendarmería se alejaba en medio del humo. La cámara lo seguía hasta que desaparecía entre los árboles; y después se volvía hacia el locutor, que, señalando a un costado, decía que desde ahí podía verse que la gente había retomado el control de la ruta. Yo estaba deslumbrado. Enseguida dijeron que los manifestantes habían quemado el destacamento policial, la sede de la municipalidad y las oficinas de una empresa de ómnibus; también un auto de policía.
El diario, al día siguiente, tituló: “Tras violenta jornada, los gendarmes se repliegan”. Había una foto de un grupo de gendarmes agazapados, cubiertos por cascos y escudos; iban con sus armas por una calle desierta; desde la vereda, los miraba una anciana. La explicación superficial, la de los medios, decía que alguien se había puesto impaciente y había dado la orden de seguir a los manifestantes hasta sus casas y los gendarmes habían entrado al laberinto de cortadas y calles sin salida. Ya no había forma de que terminara bien. Un grupo de soldados había encontrado un amontonamiento en una casita. No se habrán dado cuenta de qué se trataba; estarían además ansiosos por hacer algunos disparos. La cuestión es que, sin advertencia, metieron una granada por la ventana. Era un velorio; en un lugar diminuto, para colmo; apenas la sala con el cajón y dos piezas; los gases debieron tener una concentración insoportable y entonces familiares y vecinos y amigos tuvieron que salir arrojados a la calle. Y ahí uno de los camarógrafos comenzó el rodaje. La gente salía del velorio pero no huía; se detenían, a pesar de que los gendarmes estaban cada vez más cerca. Los gendarmes extendían el ataque: gases y ráfagas de balas de goma. Recién entonces, algunos se alejaban, pero sin correr, caminando despacio; otros se acostaban en la vereda y permanecían cubriéndose la cara; pero la mayoría seguía ahí mismo frente a la casa, aplastados contra sus paredes por la intensidad del tiroteo. El camarógrafo advirtió, antes que los gendarmes, lo que estaba pasando. Vio a los hombres que sacaban arrastrando el cajón, abrían la tapa y levantaban un cadáver; a otros que salían detrás, con una frazada en la que lo envolvían. Cuando después armaran la nota, un locutor haría notar lo injustificado de la preocupación por el cadáver: el muerto no podía respirar gases. Pero lo que importaba era que ahí se habían quedado deudos y amigos bajo un descomunal ataque, resistiendo los impactos y la asfixia, para proteger un muerto. Los gendarmes seguían disparando, ignorantes. El camarógrafo, en cambio, ya sabía todo. Y se detenía en cada uno de los que integraban ese cortejo bajo el fuego: un hombre que con una mano sostenía el cadáver y con la otra se cubría, un niño que permanecía inexplicablemente expuesto, mujeres y ancianos llorando. El hecho es que apareció por todos los canales. El grupo de hombres y mujeres y chicos dejaba ya la frazada con el cuerpo y se quedaban alrededor; algunos llorando; otros, unos pasos más allá, sentados en las veredas; todos resignados.
Ese mediodía, el velorio errabundo en todos los televisores movilizó el repudio y sirvió por unos días para explicar el estallido. Porque después, una multitud rabiosa se juntó en las calles y sobre los gendarmes comenzaron a caer piedras, trozos de mampostería, toda clase de objetos; había, incluso, jóvenes que cruzaban las líneas de las balas e intentaban alcanzarlos con palos. Y en un momento, los manifestantes vencieron la resistencia de los que cuidaban la comisaría de Belgrano y le prendieron fuego, mientras los policías huían por las calles. Después la municipalidad. No parecía suficiente quemar todo, antes salían con muebles, computadoras o carpetas y las destrozaban delante de las cámaras. Desde que los policías habían huido de Belgrano, esos grupos recorrieron las calles como una zona liberada, asolando todo lo que tuviera alguna relación con el poder, hasta el local de una empresa de ómnibus.

Llegué al estudio. Enseguida escuché en la radio que, tras el combate, había numerosos detenidos; y además, que una muchedumbre iba de los pueblos vecinos a solidarizarse con los manifestantes. Yo me daba cuenta de que quería ir, pero me parecía una estupidez. Más me valía asegurarme de que Victoria no pudiera encontrarme; si no, iba a pasar la tarde en el caos, deambulando por comisarías detrás de presos y sabiendo, además, que todo sería inútil. Cerré la puerta y me tiré en el sillón. Estuve escuchando una emisora de música, pero, hasta en ésta, interrumpieron para informar que se luchaba en el puente de Belgrano; la gendarmería retomaba y perdía el control del camino. Apagué las luces y salí. No sé por qué lo hice. Nunca había estado ni en mis fantasías ni en mis planes, participar así de una protesta. Tampoco importa por qué. Los cientos y miles que ese día salieron a las calles en Belgrano tampoco habían hecho antes algo así.
Comencé a recorrer, entre charcos, las calles contra el río. Tomé hacia el sur y, antes del cruce con el camino de Belgrano, me detuvo una barrera de gendarmes. Pedí pasar, dije que iba a una finca. No podía tener aspecto de sumarme a la revuelta y, sin embargo, no me dejaron seguir. Volví, entonces, y enseguida retomé por un camino vecinal. Estaba vacío. Iba despacio y pude ver la línea de gente caminando. Paré a un costado y empecé a caminar dejando el auto atrás. Enseguida alcancé el final de la columna. Iba de saco y corbata en un tumulto de desocupados y obreros. Eran las últimas horas de la tarde. Miré a los costados: eran muchachos, hombres y muchos ancianos, gente común. Recuerdo el silencio. Sobrecogía el ritmo de la marcha. Comencé a transpirar y me aflojé la corbata. Desconcertado por mí mismo, me dije que iba a buscar a Victoria, nada más. Pero, ¿cómo podría encontrarla en ese caos? Atravesamos las vías por las que, en otras épocas, un tren se llevaba madera del bosque. La multitud comenzó a caminar entre dos líneas de policías que aparecieron de pronto. Un policía sin uniforme comenzó a caminar entre la gente; un manifestante intentó impedirlo con un empujón, pero el policía se retrasó un poco y volvió a entrar y ya nadie le opuso resistencia. Más adelante iba otro policía entre la gente. Los que lo rodeaban, seguían como si no estuviera; pero, si se rozaban, había como chispazos de violencia contenida. Ninguno se fijaba en mí; casi no había luz, además.
Ahora ya de noche. Llegábamos a Belgrano cuando se escucharon los primeros disparos y enseguida sentí que, por la nariz, me subía el ardor de los gases. Los gendarmes habían hecho una línea en algún lugar del camino y procuraban parar a la multitud. Los que iban alrededor, sin embargo, no disminuían la marcha. Habían desaparecido los policías de civil. De pronto, todos comenzaron a correr. Sentía el ardor de los gases pero no me sentía mal. Me detuve en medio de un grupo de gente. Miré alrededor: una mujer que se arrodillaba y se tomaba del estómago; un chico que se frotaba la cara, intentando acomodarse un pañuelo sobre el rostro. Vi también un anciano. Tenía el cuerpo encorvado y el pelo blanco. Encontré enseguida, entre el humo, el uniforme de los gendarmes. Comencé a correr. A unos metros me detuve. Me había quedado solo; salí del camino. Escuchaba disparos, en ráfagas de tres o cuatro; los gases se habían disipado pero ahora me ardían los ojos. Me tiré atrás de unos arbustos. Enseguida comenzó un tiroteo atronador. Las balas pasaban por arriba y entraban en el bosque con estrépito de troncos y follaje. Tenía que salir. Atravesé tambaleante la nube de gases y aparecí frente a una fila de soldados. Seguí, iba desarmado y de traje. Pasé por el costado y ni me miraron. Pensé en buscar a alguien con autoridad, para pedir que parara lo que estaba pasando, pero me di cuenta de que no tendría sentido; me senté a un costado.
Ahora estaba oscuro y había comenzado a lloviznar. Tenía la camisa mojada y sentía frío. Me alejaba. Vi un acoplado en llamas; las lonas que se encendían quedaban colgando de la estructura; una carga opaca, en cambio, se negaba a arder. El fuego se reflejaba en el pavimento. También una mujer rezando; estaba sola, de rodillas a un costado del camino. Unos días después, en el estudio, aburrido mientras escuchaba a un cliente, hice un boceto de la figura de esa mujer. Me sigue pareciendo algo extraordinario. Cuando llegué, me tiré en un sillón. Pensaba en Victoria. Pero no estaba preocupado por ella.

El corte se levantó cuando llegó un emisario del gobierno con el mensaje de que se atenderían los reclamos. Hemos conseguido muchas promesas –dijo uno de los manifestantes-. Habrá que ver ahora si cumplen. Si no, tendremos que volver a la ruta”. Pero, en los días sucesivos, comenzaron unas confusas negociaciones que terminaron con el sentido de la protesta.
Al poco tiempo, me notificaron que no entregarían el hijo a Amanda. Victoria me buscó por el estudio y viajamos a Belgrano en una camioneta que tenía en la puerta una leyenda de una organización religiosa. Quedaron atrás las últimas calles con luces y comenzamos a circular sobre charcos; el día estaba húmedo y hacía calor. No encontramos a nadie; caminamos, entonces, hasta un patio donde había un galpón con un cartel que decía "Local Evangélico". Pero tampoco había nadie. Victoria se acercó a unos viejos y les dejó un mensaje.
Cuando volvíamos, le pregunté qué quería decir “aicado”. Si ésa era la palabra. Porque yo podía haber escuchado mal. Me explicó. La palabra era “aicado”. Un chiquito “aicado” se ponía flaquito porque su mamá había estado en un cementerio durante el embarazo y había aspirado el olor de alguna tumba mal cerrada. Por eso las mujeres embarazadas no iban a los entierros. Los chiquitos aicados a veces se morían; era necesario curarlos en la panza de una vaca recién matada, para que aspiraran el vapor que sale del animal cuando lo matan.
-¿Cuál vapor? –pregunté.
Enseguida le pedí que volviéramos a Belgrano. Debí haber estado exaltado porque dio la vuelta sin preguntarme por qué. En el camino intenté explicarle: Amanda no había abandonado el tratamiento, había intentado otro que pudo haber creído eficaz. Le dejaría un mensaje con los padres diciendo que era urgente que viniera a verme. No hizo falta: esta vez estaba Amanda. Nos atendió sin abrir la puerta, apenas por una rendija. Como ocultándose o impidiendo que quisiéramos pasar. Le dije que el juez había decidido no devolverle el hijo y que la esperaba en el estudio al día siguiente. Había pensado también contarle que había entendido qué quería decir “aicado”, pero ella, evidentemente, no quería prolongar la charla.
En el camino de regreso, Victoria me adelantó que probablemente no iría. Yo no entendía el cambio de actitud de Victoria. Acaso sabía algo que yo ignoraba o había interpretado mejor el modo en que nos había recibido Amanda. Pensé, no obstante, en seguir. No sé por qué. Tal vez una pura pasión por las palabras: con el descubrimiento del significado de “aicado”, ya tenía una explicación para el juez. Se le había dado un tratamiento al niño: se lo había hecho “pancear”.

Amanda no vino. La estuve esperando y después me ocupé en otros casos y me olvidé de ella. Pasaron unos días y tocó el timbre. Al escuchar su voz en el portero me alegré un poco; supuse que ella venía a pedirme que intentáramos recuperar el chico. Ella entró, se paró delante y se puso a llorar. Me desconcertó un poco; nunca antes la había visto así. Hizo un esfuerzo y pudo hablar. Todavía agitada por el llanto, dijo que Albino estaba preso. No venía por el chiquito. Le propuse que se sentara y traje agua. Sin demasiados detalles, explicó que unos hombres amigos de ella habían golpeado la puerta un domingo de madrugada. Los atendió Albino. Le dijeron que tenían carne para vender y que querían que les frieran unos chorizos. Albino les compró carne y les frió chorizos y los hombres se fueron. A las horas vino la policía y lo llevaron preso. Los hombres habían robado la carne.
Me quedé callado y ella debe haber creído que no me importaba que Albino estuviera preso, porque comenzó a llorar y dijo, entre sollozos, que la policía lo había golpeado. A continuación se calmó y agregó que Albino iba a perder el trabajo y que el chiquito estaba todo el día llorando. Cuando lo dijo, debo haber reaccionado pensando en Albinito, porque ella aclaró que no era el chiquito el que estaba en el hospital. Dijo: “no... El otro”.
Al otro día, viajaba a ver a Albino en la comisaría de Belgrano. Venía pensando en hablar también con Amanda. Tenía que decirle que había probabilidades de recuperar a su hijo. Pero ocurrió que, al llegar a la policía, ella no estaba. Albino, además, había hablado con otro abogado y ya no me necesitaba. Nos sentamos en un banco en el patio de la comisaría. Se estuvo quejando. Pensaba que lo habían detenido porque otros piqueteros querían quitarle su lugar en el grupo. Había algunos –dijo- que estaban trabajando con el gobierno y querían quedarse con el movimiento. Era la primera vez que lo escuchaba hablar. Lo dejé hablar todo lo que quiso y cuando se calló, me paré para irme; recién entonces pude decir que quería hablar con Amanda porque había novedades del juzgado. Me miró tan asustado que me dio pena y no pude decir nada más.
No he vuelto a saber de Amanda o Albino. A Lucía, en cambio, la volví a ver en las calles. No la pude reconocer; recién cuando me saludó pude saber quién era. Vestía el mameluco de un supermercado y estaba limpia y parecía más joven. Le dije que me alegraba verla. Le pregunté cómo estaba. Le propuse que me visitara alguna vez. Nunca lo hizo.
La última vez que he pensado en ellas, volvía de Buenos Aires en avión. Venía mirando por la ventanilla pero después me dormí. El avión hizo escala en Salta y desperté. Encontré una revista en el bolsillo frente al asiento. Tenía instrucciones para emergencias y comentarios sobre los destinos a los que llegaba la empresa. Y había también, un poco fuera de lugar, una carta supuestamente escrita por un bebé recién adoptado. La escribía en realidad el padre adoptante, periodista vinculado –se ve- a la aerolínea. El adoptante se ponía imaginariamente en el lugar del adoptado: escribía como si fuera el niño. Previsiblemente, este supuesto bebé comenzaba por lamentarse de todas las trabas que había puesto la burocracia para la adopción y cómo habían logrado sus padres adoptivos salir adelante. Lo comencé a leer y se me llenaron los ojos de lágrimas. No había vuelto a saber ni de Amanda ni del chiquito y recién entonces me daba cuenta de que no había llegado a conocerlo, ni siquiera lo había visto. Si tanto me había interesado –debo haber pensado- tendría que haber querido, cuanto menos, conocerlo. Porque al final, Albinito no ha sido nadie. No sé. En la nota de la revista, el bebé contaba la historia de cuando sus nuevos padres lo fueron a buscar. Contaba también de su familia de sangre: una madre con seis hijos y sin trabajo. Y también lo que había dicho la jueza: “no es que les falten sentimientos. Para esta gente el nacimiento de un hijo puede ser una tragedia. Pone en riesgo la subsistencia de todos”. Eso había dicho la jueza, según decía el bebé que supuestamente había escrito la nota.